lunes, abril 10, 2006

 

El derecho al escape

De nuevo, y en relación al botellón. Qué horrible juventud, ésta que sólo piensa en emborracharse, en llenar las calles con sus gritos alocados, sus patadas a botellas, y sus excentricidades.

Pues no, me alzo de nuevo a favor de ellos, e incluso de la embriaguez. Sin miedo, sin contemplaciones, me atrevo incluso a hacer apología del alcohol, de la droga, de la insensatez, y de sus últimas consecuencias.

Qué sería del joven, del viejo y de todos sin momentos de ebriedad, de estupidez, de descontrol. Todos necesitamos una vía de escape, unas horas o días fuera, alejados de la terrenalidad, de los problemas que nos acechan desde el lunes hasta el viernes, de las injusticias y de la dureza de la vida. Cualquiera necesita evadirse, soñar con alcanzar un momento de ingravidez, luchar por la libertad.

Muchos podrán decir: qué cobarde idea la de la lucha a través de la droga. Quizá lo es, o tal vez no. Bien es cierto, que esta lucha no debe ser la única, sino una entre muchas. Pero es también verdad, que en estados etílicos se han forjado algunas de las mejores obras artistícas de todos los tiempos. Muchos de los que hoy llamamos maestros o genios, realizaron sus inmortales creaciones drogados, atolondrados en estados de semiinconsciencia. Voto por ello.

La mente humana lucha por cruzar la línea, por hacer lo que no debe, por romper los límites del correcto, y en muchas ocasiones es lo mejor. Así se han conseguido nuevos derechos y se han derribado viejas y retrógradas convicciones. El juego es peligroso, y se debe reducir al campo. Fuera, después, todos nos abrazaremos de nuevo a la sensatez y reiremos con las tonterías realizadas.

Muchos jóvenes esperan el viernes y el sábado para tomar algunas copas, cruzar la línea y poder decir todo lo que ese otro yo escondido les susurra durante el resto de la semana. Lo susurra tan bajo que apenas lo pueden entender, y algunas gotas de "locura" lo hace más audible. Deben saber mantener sus dos, tres o mil yoes en equilibrio, y ahí está el "más difícil todavía".

Pero qué valor tiene el que no explora su misma mente, el que siempre juega con red. Me dan más miedo éstos, porque cuando no se encuentren dentro de los parámetros de lo que ellos consideran controlable no sabrán cómo reaccionar. Se debe conocer el blanco y el negro, y el gris, y también el rojo. Una vez conocidos todos podrá este joven elegir el color que más le gusta.

La mente es una prisión, o una bestia, en una prisión. Y la mente joven es la más feroz de todas las bestias. Necesita respuestas a miles de preguntas. Necesita las preguntas para miles de respuestas. Necesita gritar, vocear y romperlo todo.

El alcohol puede ser la sal y la pimienta, el rayo que enrojece las mejillas y que empuja a esa tímida chica a decirle algo a su amor, o a ese contenido muchacho a saltar y saltar con su música favorita. Después, ya en tregua disfrutaran durante otros muchos días con sus recuerdos y con esa sensación de clímax alcanzada durante los momentos de embriaguez.

La vida de fin de semana siempre ha sido el escape de la clase proletaria. Desde tiempos inmemoriales los más desafortunados económicamente, los sujetos a las más duras condiciones de vida han sido los que más han bailado al son de vino y la cerveza. Las mayores orgías y festejos siempre han ocurrido en casa de los del montón. Y así sigue siendo. Nada ha cambiado, son los otros los que quieren ahora darle la vuelta y apoderarse también de ésto.

Así que no me extraña que estudiantes, jóvenes y no tan jóvenes luchen por ello. Por poder beber, por no tener que pagar unos precios injustificadamente barbáricos por tomarse unas copas, unas cervezas y poder bailar y hablar y entregarse al dictado del fin de semana. Siempre ha sido así.

Revindico el derecho a drogarse y a escaparse. Sí. Y revindico que sea en las mejores condiciones de higiene y seguridad. ¡Je!, el otro día escuchaba a unos "sabios" en televisión diciendo que encima los jóvenes no saben recoger la basura, no tienen respeto por el espacio público, bla, bla, bla. Quizá no han estado nunca en las calles alrededor de un partido de fútbol, o después de cualquier festejo popular, lleno de mayores, mujeres, jóvenes y no tan jóvenes. Tal vez no han estado nunca en las Fallas de Valencia, o en los San Fermines. Quizá nunca han salido de casa y no han pasado por las plazas donde las "señoras" comen pipas y más pipas por las tardes tirando después todas las bolsas al suelo. O no han visto nunca a esos señores y señoras viejecitos con su perritos horribles dejándoles cagar por todos los lugares con una extraña sonrisa en sus bocas. Y los perfectos y repeinados ejecutivos con sus 4x4 que emiten kilos y kilos de dióxido de carbono. O los obreros y operarios que trabajan en la calle, dejando sus latas de cerveza, y los envoltorios de sus bocadillos en el suelo, tras el almuerzo. No, ahora los únicos que ensucian las calles son los jóvenes en el botellón. Parece que también el derecho a ensuciar es sólo de unos pocos. No quiero decir que sea necesario ensuciar, pero que quede bien claro, que los jóvenes no son un sector especialmente insensible con la suciedad en las calles. No más que cualquier otro.

Pero estamos en el siglo 21, exáctamente en el 2006, y la actitud política ante cualquier atisbo de problema y de alzamiento o agrupamiento juvenil que no es maniatado por ellos es prohibirlo. Se les podría ocurrir (agraciadamente a algunos se les ocurre) poner los medios necesarios para que esta actividad se celebre en las mejores condiciones y para que se limpien las plazas después de los botellones. Por qué he de pagar yo con mis impuestos a toda esa horda de hombres y mujeres de la limpieza para que recogan las cagadas de los perros y no pueden recoger las botellas de los jóvenes. ¿Es que el colectivo de los amantes de los animales ostenta un mayor derecho a la suciedad? O por qué se cierran calles y se movilizan los efectivos necesarios cuando pasa la vuelt ciclista por mi ciudad y no se hace cuando varios centenares de jóvenes quieren beber. ¿Es que e colectivo de los amantes al ciclismo deben tener mayores derechos que el colectivo de los amantes a la fiesta noctura?

La verdad es que no sé quién marca estos subjetivos esquemas a los que nos vemos obligados. N sé de quién es la cualidad de decidir que llenar una plaza con un millón de sillas de un restaurant es lícito, pero no con un millón de personas sentadas en el suelo. Bueno, en el fondo, lo sé. Lo dicta el dinero. Se trata de eso al fin y al cabo: el restaurante paga religiosamente su licencia. Los botelloneros no.

Por lo menos que no se hagan los suecos, que no se hagan valedores de los valores morales de la humanidad. Que lo acepten: queremos dinero de ellos, y si no lo tienen no poseen el derecho al divertimiento. Si no pagan no podrán usar las calles, si no pagan no podrán gritar por la noche.

Ahí está el fondo de todo, señores, no sean hipócritas, y ahí radica también esa lucha de los jóvenes que ustedes se jactan en tildar de estúpida y pueril. Las razones del botellón son la diversión y la camaradería, la amistad, la fiesta y la música. Pero también, un poquito más allá, la libertad. Una libertad que no debería ganarse a fuerza de talón.

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