miércoles, abril 05, 2006
entender el botellón
Esta mañana me ha dejado bastante confundido y aturdido leer en uno de estos periódicos gratuitos cierta apreciación digna de comentar. Y es que, si bien es cierto que la calidad de estos diarios va en línea con su precio, deberían cuidar un poquito más sus observaciones.
Al respecto del botellón unas líneas indicaban que su popularidad había caído en Valencia. No obstante, y en sucesivas líneas, advertía que sólo en la ciudad de Valencia se practicaban unas 50 multas diarias de 300 euros cada una, cada noche del fin de semana. Evidentemente la popularidad cae, y sin embargo parece que no lo suficiente acorde con las penas.
Se trata de un tema que realmente me desespera e indigna, pues no es otra cosa que una neomanifestación del fascimo y del brutal capitalismo que cada vez impera más en ciertas áreas de nuestro país. Me gustaría entender qué diferencia existe entre las personas que pagan sus consumiciones alcohólicas en una terraza de calle y los botelloneros que toman esas mismas bebidas unos pasos más allá, sentados en un banco en un parque. Evidentemente, ninguna, solamente la del hecho de haber pagado una cantidad diez veces superior.
Mientras que si pagas y sustentas el sistema de licencias, impuestos excesivos y desorbitados precios, te proclamas automáticamente capacitado legalmente para beber cuanto quieras, gritar todo lo que desees, tener niños llorando horas y horas, e incluso poder disfrutar de una música que en múchas ocasiones supera el nivel de sonoridad permitida, si te sales del sistema la cagas, y pagas, pero el pato.
Sin embargo, al comprar un litro de cerveza en el supermercado con anterioridad (¡oh dios mío, esos horribles muchachos con esas horribles litronas!), puedes ser penado, por idéntica actividad con una cantidad, nada más ni nada menos, de 300 euros. Aunque estés más calladito y muchos más moderado que tus compañeros de plaza, que unos metros más allá, han pagado por su gin cola sus seis euros.
Resulta claro que se trata de un caso de despotismo subjetivo y de pseudo-fascimo anti-litrona. ¿Acaso es mucho más horrible la litrona que el vaso de tubo?; ¿son mucho más ofensivos y enturbiadores los pelos largos que aquéllos engominados?; ¿molesta más un radiocassette a pilas que un equipo bien instalado a todo volúmen?
Algunos argumentan que no se está penando la consumición del alcohol en la calle, sino ésta bajo el criterio de ruptura del orden y la limpieza en las calles, siempre y cuando se molesta a otros. Me temo que esto no es cierto. Ni mucho menos. Podemos asistir en esta ciudad de Valencia a la imposición de multas en el aparcamiento de Mestalla, cuando los grupos de jóvenes allí presentes son pequeños y no presentan ningún perjuicio para nadie, ya que no existen edificios habitados suficientemente cercanos. Sin embargo, sí se permite la avalancha de miles y miles de aficionados al fútbol que son sus bocinas, sus petardos, sus bengalas y sus también miles y miles de coches abarrotan y arrasan esa parte de la ciudad cada diez días. En este caso también parece que es mucho más bonito una bocina de fútbol que una voz un poco alta de un joven bebiendo en la calle.
Yo no sé mucho de derecho, ni tengo intención de saberlo nunca, pero sin duda esto me parece una discriminación de ciertos modos de vida, ante igualdad en el respeto de los derechos de los demás. Más bien incluso, diría que los futboleros atentan mucho más al derecho a la tranquilidad y el sueño, y la limpieza y el orden que los veinte botelloneros que hay allí jueves, viernes y sábado. ¡Ah! pero el fútbol es el fútbol. Ok, yo no lo replico, y no pido que les sancionen también a ellos, sino que liberen la opresión sobre los que sí que la sufren.
Con relación con esto del fútbol, me viene a la cabeza una anécdota que me contó un amigo hace no muchos días. Mi amigo no podía mover el coche porque había un coche en doble fila debido al partido de fútbol. Va mi amigo y llama a la policía y le dicen "que es que hay partido". Qué bien, si hay partido uno puede hacer lo que quiera y es mi amigo, que tiene correctamente aparcado el coche el que tiene que esperar durante casi dos horas a que el partidito termine. Pero esto sí que respeta el orden público y la libertad de los demás. ¡Ja!
En fin, que seguimos como siempre, como siempre desde hace cientos de años, el vil metal lo paga todo. Nada de democracia, de igualdades, de respeto a los demás. Eso no son más que cuentos. Lo que prima es el capital. Si lo pagas, puedes hacer lo que quieras. Si es una actividad que cuenta con el beneplácito de las autoridades, aunque sea de lo más molesta e intransigente con los demás (como esperar dos horas con tu coche bien aparcado a que el otro se digne a dejarte ir a casa).
Con todos estos argumentos, y desafiando a lo que muchos contrarios al botellón y autoridades dicen, yo también abogo por el botellón. Ellos desprecian este movimiento, atribuyendo a los jóvenes españoles sólo frívolos intereses como el emborrachamiento y la fiesta. Sin embargo, en esta actividad como en tantas otras uno ejerce su derecho a la libertad. A la libertad de hacer con su tiempo lo que quiera, dentro de los límites de la legalidad. Y esta legalidad debería velar por los derechos de todos, y ningunos deberían ser sobrevalorados por encima de los otros. Este principio, está claro, está siendo sistemáticamente violado. Los derechos a la diversión de unos priman sobre los otros.
Por supuesto no me quiero ya meter en campos de golf... etc; cuyo desarrollo pone en peligro nuestro ecosistema y la continuidad del desarrollo de nuestra región. En fin, esta es otra historia.
Al respecto del botellón unas líneas indicaban que su popularidad había caído en Valencia. No obstante, y en sucesivas líneas, advertía que sólo en la ciudad de Valencia se practicaban unas 50 multas diarias de 300 euros cada una, cada noche del fin de semana. Evidentemente la popularidad cae, y sin embargo parece que no lo suficiente acorde con las penas.
Se trata de un tema que realmente me desespera e indigna, pues no es otra cosa que una neomanifestación del fascimo y del brutal capitalismo que cada vez impera más en ciertas áreas de nuestro país. Me gustaría entender qué diferencia existe entre las personas que pagan sus consumiciones alcohólicas en una terraza de calle y los botelloneros que toman esas mismas bebidas unos pasos más allá, sentados en un banco en un parque. Evidentemente, ninguna, solamente la del hecho de haber pagado una cantidad diez veces superior.
Mientras que si pagas y sustentas el sistema de licencias, impuestos excesivos y desorbitados precios, te proclamas automáticamente capacitado legalmente para beber cuanto quieras, gritar todo lo que desees, tener niños llorando horas y horas, e incluso poder disfrutar de una música que en múchas ocasiones supera el nivel de sonoridad permitida, si te sales del sistema la cagas, y pagas, pero el pato.
Sin embargo, al comprar un litro de cerveza en el supermercado con anterioridad (¡oh dios mío, esos horribles muchachos con esas horribles litronas!), puedes ser penado, por idéntica actividad con una cantidad, nada más ni nada menos, de 300 euros. Aunque estés más calladito y muchos más moderado que tus compañeros de plaza, que unos metros más allá, han pagado por su gin cola sus seis euros.
Resulta claro que se trata de un caso de despotismo subjetivo y de pseudo-fascimo anti-litrona. ¿Acaso es mucho más horrible la litrona que el vaso de tubo?; ¿son mucho más ofensivos y enturbiadores los pelos largos que aquéllos engominados?; ¿molesta más un radiocassette a pilas que un equipo bien instalado a todo volúmen?
Algunos argumentan que no se está penando la consumición del alcohol en la calle, sino ésta bajo el criterio de ruptura del orden y la limpieza en las calles, siempre y cuando se molesta a otros. Me temo que esto no es cierto. Ni mucho menos. Podemos asistir en esta ciudad de Valencia a la imposición de multas en el aparcamiento de Mestalla, cuando los grupos de jóvenes allí presentes son pequeños y no presentan ningún perjuicio para nadie, ya que no existen edificios habitados suficientemente cercanos. Sin embargo, sí se permite la avalancha de miles y miles de aficionados al fútbol que son sus bocinas, sus petardos, sus bengalas y sus también miles y miles de coches abarrotan y arrasan esa parte de la ciudad cada diez días. En este caso también parece que es mucho más bonito una bocina de fútbol que una voz un poco alta de un joven bebiendo en la calle.
Yo no sé mucho de derecho, ni tengo intención de saberlo nunca, pero sin duda esto me parece una discriminación de ciertos modos de vida, ante igualdad en el respeto de los derechos de los demás. Más bien incluso, diría que los futboleros atentan mucho más al derecho a la tranquilidad y el sueño, y la limpieza y el orden que los veinte botelloneros que hay allí jueves, viernes y sábado. ¡Ah! pero el fútbol es el fútbol. Ok, yo no lo replico, y no pido que les sancionen también a ellos, sino que liberen la opresión sobre los que sí que la sufren.
Con relación con esto del fútbol, me viene a la cabeza una anécdota que me contó un amigo hace no muchos días. Mi amigo no podía mover el coche porque había un coche en doble fila debido al partido de fútbol. Va mi amigo y llama a la policía y le dicen "que es que hay partido". Qué bien, si hay partido uno puede hacer lo que quiera y es mi amigo, que tiene correctamente aparcado el coche el que tiene que esperar durante casi dos horas a que el partidito termine. Pero esto sí que respeta el orden público y la libertad de los demás. ¡Ja!
En fin, que seguimos como siempre, como siempre desde hace cientos de años, el vil metal lo paga todo. Nada de democracia, de igualdades, de respeto a los demás. Eso no son más que cuentos. Lo que prima es el capital. Si lo pagas, puedes hacer lo que quieras. Si es una actividad que cuenta con el beneplácito de las autoridades, aunque sea de lo más molesta e intransigente con los demás (como esperar dos horas con tu coche bien aparcado a que el otro se digne a dejarte ir a casa).
Con todos estos argumentos, y desafiando a lo que muchos contrarios al botellón y autoridades dicen, yo también abogo por el botellón. Ellos desprecian este movimiento, atribuyendo a los jóvenes españoles sólo frívolos intereses como el emborrachamiento y la fiesta. Sin embargo, en esta actividad como en tantas otras uno ejerce su derecho a la libertad. A la libertad de hacer con su tiempo lo que quiera, dentro de los límites de la legalidad. Y esta legalidad debería velar por los derechos de todos, y ningunos deberían ser sobrevalorados por encima de los otros. Este principio, está claro, está siendo sistemáticamente violado. Los derechos a la diversión de unos priman sobre los otros.
Por supuesto no me quiero ya meter en campos de golf... etc; cuyo desarrollo pone en peligro nuestro ecosistema y la continuidad del desarrollo de nuestra región. En fin, esta es otra historia.