miércoles, abril 26, 2006
¿Tenemos algo que aprender del ejemplo de manifestación francés?
Sin duda sí. Si bien algunos han tildado este movimiento de sectario y únicamente promovido por los estudiantes de primera clase y recursos económicos holgados -es cierto que las principales universidades de origen eran de renombrado prestigio-, también es cierto que han logrado sus objetivos.
Es verdad, estos estudiantes no figuraban entre los activistas de las pasadas manifestaciones francesas, en las que se quemaban coches en busca de una mejor inserción de las juventudes y etnias minoritarias. Por lo cual no debemos idolatrar este movimiento como si se tratara de una manifestación de la mayor caladura moral posible. En cierto modo se ha tratado de un movimiento egoísta, egocéntrico y de objetivos muy definidos. Gritaban: "nosotros, los ricos, blancos y listos queremos ser excluídos de esa ley que dice que deberemos trabajar en unas condiciones que no nos garantizan unos mínimos requisitos de calidad y seguridad".
No obstante, y encuadrado donde debe, el movimiento ha sido un auténtico éxito, en lo que se refiere al único fin buscado: la derogación de tal ley. Y de todo en esta vida se puede tomar nota. En pocas ocasiones las manifestaciones en España han conseguido tan claros y espectaculares resultados. Aquí, normalmente la fiesta acaba con el recuento de participantes: unas fuentes afirman que se congregaron unas veinte personas mientras que la fuente contraria afirma que llegaron a los dos millones. Y yo me pregunto: ¿fueron ambos lados a las mismas escuelas? ¿o es que la operación aritmética de la suma se realiza de diferente modo siendo escalada por el factor P político?
En fin, coñas aparte, las consecuencias normalmente quedan ahí en nuestro país. Lo cual nos debe hacer reflexionar un poco sobre el poder de la manifestación y el de la violencia en ésta. Y no con ello quiero hacer apología de la violencia ni de los destrozos callejeros, aún bien sabiendo que ésta puede ser una lectura cruzada de mis palabras.
La pregunta es: ¿tiene sentido una manifestación en la que no se paraliza una determinada actividad económica de un país, en la que pacíficamente se exhiben unos slogans y lei motifs pero que no quiebra en cierto modo el vivir diario de una parte de la población? ¿una manifestación que transcurre sin ruido, sin erosión de unas mínimas libertades o comodidades de otros?
La respuesta podría ser algo así: tiene sentido, claro que sí, pues muestra el modo de parecer, sentir y pensar de unos manifestantes, pero lamentablemente, y ciñéndonos a los resultados: no sirve para nada.
Recuerdo por ejemplo las manifestaciones en contra de la participación española en la guerra de Irak. Las estadísticas en prácticamente todos los medios advertían que más del 90 % de los españoles era contraria a esa participación. Hubo también manifestaciones, en mi ciudad al menos tres (sin hablar de las que luego hubo tras el atentado del 11 de Marzo), sin embargo ¿qué se logró? NADA.
¿Pero y si las manifestaciones no hubiesen sido tan pacíficas? Y con esto no quiero, en ningún modo aludir al posible uso de la violencia contra otros seres humanos. Tal práctica no es justificable de ninguna de las maneras, en ninguno de los contextos. Me refiero sin embargo al uso de la fuerza para cortar calles o carreteras, cerrar oficinas, impedir el trabajo a otros, etc. Cuando un colectivo realmente quiere algo debe jugar con todas las cartas que esconde y presionar lo máximo posible.
Tal vez tendríamos que haber cortado algunas carreteras quemando algunas ruedas y colocándolas en el medio. Tal vez, se debería haber ido a la huelga, etc. En fin, esas tácticas usualmente utilizadas para realmente presionar a la clase política.
Porque los que eran dirigentes en ese momento veían las calles y calles repletas de gentes manifestándose contra la guerra y reían desde sus acristaladas oficinas, mientras que tomamaban sus lujosos coches y se iban el fin de semana a su casa en la Moraleja. Ahora bien, ¿y si estos mismos no hubiesen podido irse a la Moraleja? ¿y si no hubiesen podido seguir tranquilamente con sus vidas? ¿y si la marcha económica del país se hubiera visto amenazada por estas manifestaciones? Tal vez la clase política, encabezada en ese momento por un señor con bigote, habría empezado a reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo.
Estaba ocurriendo una total y escandalizadora ruptura de la democracia y del poder, derecho y deber del pueblo de dictar la política de su país. Ellos miraban sonriendo a los millones de manifestantes y decían: "je, je, es que no saben de política, no entienden las consecuencias de esta guerra, no lo entienden. Pobrecillos." Y con ello, como tantas veces desgraciadamente durante la historia de la humanidad ha ocurrido, una clase social (en este caso la política) se atribuía una mayor cualidad intelectual que el resto para dirigir lo que el resto tenía que hacer.
Por mi parte, en mi vida he sentido mayor frustración, mayor excitación, mayor desprecio de la clase política. Para mí ahí radica el único sentido de esta clase: representar el resto del pueblo. Para lo que sea, pero respetarlo. Sin embargo, en ese momento rieron ante la opinión del pueblo y lo despreciaron. Afortunadamente les costó las siguientes elecciones.
No me quiero, de todos modos, desviar demasiado de mi objetivo con este artículo: el uso de la fuerza en la manifestación popular. Sinceramente, creo que si se hubiera utilizado la fuerza de un modo inteligente se hubieran obtenido resultados, y el ejemplo francés me ratifica.
Ahora bien, quizá debieramos también hacernos otra pregunta: ¿nos importaba realmente tanto? Porque cuando te quitan el aire con una bolsa en la cabeza pataleas, tiras puñetazos, gritas, arañas, haces todo lo que puedes para salvar tu vida. Cuando son pisoteadas nuestras opiniones y nuestros derechos deberíamos hacer lo mismo. Cuando un trabajador ve peligrar su puesto de trabajo ejecuta manifestaciones con la mayor contundencia posible. Sin embargo, en aquella ocasión sólo nos manifestamos con velas en las manos.
Tomemos nota, como he dicho al principio, y aprendamos del ejemplo francés. La próxima vez, cuando realmente queramos algo de nuestra clase política se lo haremos saber de la manera que ellos nos pidan. Lo que arda podrán ser velas o tal vez ruedas cortando carreteras. Pero por favor: ¡escúchennos!
Es verdad, estos estudiantes no figuraban entre los activistas de las pasadas manifestaciones francesas, en las que se quemaban coches en busca de una mejor inserción de las juventudes y etnias minoritarias. Por lo cual no debemos idolatrar este movimiento como si se tratara de una manifestación de la mayor caladura moral posible. En cierto modo se ha tratado de un movimiento egoísta, egocéntrico y de objetivos muy definidos. Gritaban: "nosotros, los ricos, blancos y listos queremos ser excluídos de esa ley que dice que deberemos trabajar en unas condiciones que no nos garantizan unos mínimos requisitos de calidad y seguridad".
No obstante, y encuadrado donde debe, el movimiento ha sido un auténtico éxito, en lo que se refiere al único fin buscado: la derogación de tal ley. Y de todo en esta vida se puede tomar nota. En pocas ocasiones las manifestaciones en España han conseguido tan claros y espectaculares resultados. Aquí, normalmente la fiesta acaba con el recuento de participantes: unas fuentes afirman que se congregaron unas veinte personas mientras que la fuente contraria afirma que llegaron a los dos millones. Y yo me pregunto: ¿fueron ambos lados a las mismas escuelas? ¿o es que la operación aritmética de la suma se realiza de diferente modo siendo escalada por el factor P político?
En fin, coñas aparte, las consecuencias normalmente quedan ahí en nuestro país. Lo cual nos debe hacer reflexionar un poco sobre el poder de la manifestación y el de la violencia en ésta. Y no con ello quiero hacer apología de la violencia ni de los destrozos callejeros, aún bien sabiendo que ésta puede ser una lectura cruzada de mis palabras.
La pregunta es: ¿tiene sentido una manifestación en la que no se paraliza una determinada actividad económica de un país, en la que pacíficamente se exhiben unos slogans y lei motifs pero que no quiebra en cierto modo el vivir diario de una parte de la población? ¿una manifestación que transcurre sin ruido, sin erosión de unas mínimas libertades o comodidades de otros?
La respuesta podría ser algo así: tiene sentido, claro que sí, pues muestra el modo de parecer, sentir y pensar de unos manifestantes, pero lamentablemente, y ciñéndonos a los resultados: no sirve para nada.
Recuerdo por ejemplo las manifestaciones en contra de la participación española en la guerra de Irak. Las estadísticas en prácticamente todos los medios advertían que más del 90 % de los españoles era contraria a esa participación. Hubo también manifestaciones, en mi ciudad al menos tres (sin hablar de las que luego hubo tras el atentado del 11 de Marzo), sin embargo ¿qué se logró? NADA.
¿Pero y si las manifestaciones no hubiesen sido tan pacíficas? Y con esto no quiero, en ningún modo aludir al posible uso de la violencia contra otros seres humanos. Tal práctica no es justificable de ninguna de las maneras, en ninguno de los contextos. Me refiero sin embargo al uso de la fuerza para cortar calles o carreteras, cerrar oficinas, impedir el trabajo a otros, etc. Cuando un colectivo realmente quiere algo debe jugar con todas las cartas que esconde y presionar lo máximo posible.
Tal vez tendríamos que haber cortado algunas carreteras quemando algunas ruedas y colocándolas en el medio. Tal vez, se debería haber ido a la huelga, etc. En fin, esas tácticas usualmente utilizadas para realmente presionar a la clase política.
Porque los que eran dirigentes en ese momento veían las calles y calles repletas de gentes manifestándose contra la guerra y reían desde sus acristaladas oficinas, mientras que tomamaban sus lujosos coches y se iban el fin de semana a su casa en la Moraleja. Ahora bien, ¿y si estos mismos no hubiesen podido irse a la Moraleja? ¿y si no hubiesen podido seguir tranquilamente con sus vidas? ¿y si la marcha económica del país se hubiera visto amenazada por estas manifestaciones? Tal vez la clase política, encabezada en ese momento por un señor con bigote, habría empezado a reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo.
Estaba ocurriendo una total y escandalizadora ruptura de la democracia y del poder, derecho y deber del pueblo de dictar la política de su país. Ellos miraban sonriendo a los millones de manifestantes y decían: "je, je, es que no saben de política, no entienden las consecuencias de esta guerra, no lo entienden. Pobrecillos." Y con ello, como tantas veces desgraciadamente durante la historia de la humanidad ha ocurrido, una clase social (en este caso la política) se atribuía una mayor cualidad intelectual que el resto para dirigir lo que el resto tenía que hacer.
Por mi parte, en mi vida he sentido mayor frustración, mayor excitación, mayor desprecio de la clase política. Para mí ahí radica el único sentido de esta clase: representar el resto del pueblo. Para lo que sea, pero respetarlo. Sin embargo, en ese momento rieron ante la opinión del pueblo y lo despreciaron. Afortunadamente les costó las siguientes elecciones.
No me quiero, de todos modos, desviar demasiado de mi objetivo con este artículo: el uso de la fuerza en la manifestación popular. Sinceramente, creo que si se hubiera utilizado la fuerza de un modo inteligente se hubieran obtenido resultados, y el ejemplo francés me ratifica.
Ahora bien, quizá debieramos también hacernos otra pregunta: ¿nos importaba realmente tanto? Porque cuando te quitan el aire con una bolsa en la cabeza pataleas, tiras puñetazos, gritas, arañas, haces todo lo que puedes para salvar tu vida. Cuando son pisoteadas nuestras opiniones y nuestros derechos deberíamos hacer lo mismo. Cuando un trabajador ve peligrar su puesto de trabajo ejecuta manifestaciones con la mayor contundencia posible. Sin embargo, en aquella ocasión sólo nos manifestamos con velas en las manos.
Tomemos nota, como he dicho al principio, y aprendamos del ejemplo francés. La próxima vez, cuando realmente queramos algo de nuestra clase política se lo haremos saber de la manera que ellos nos pidan. Lo que arda podrán ser velas o tal vez ruedas cortando carreteras. Pero por favor: ¡escúchennos!