lunes, mayo 08, 2006

 

EL PRECIO DE LA VIVIENDA Y OTROS MENESTERES...

¿Es posible tener viviendas en nuestro país a un precio moderado? ¿Viviendas accesibles, dignas, para todos? ¿Es acaso aceptable que el precio de una vivienda mínima sea de 120000 euros en un país donde el sueldo mínimo interprofesional no llega a los 600?

Yo no soy economista, ni quiero serlo; tampoco soy sociólogo, y quizá fue mi vocación perdida. Pero sé algo de los derechos del ser humano, y de esta tan manida constitución española que tantos quebraderos de cabeza trae a los políticos durante ésta última época democrática. Creo que no existe ninguna duda: el derecho a la vivienda digna es de todos los españoles, y por extensión debería serlo de todo ser humano.

He leído mucho sobre el tema, supongo que como casi todos los españoles. Mi estudio incluso ha sobrepasado las fronteras y me he aventurado sobre largos y a veces densos (y soporíferos) artículos de fuentes extranjeras sobre el tema. El prestigioso diario "The Economist" ha publicado una serie de profundos artículos sobre el caso español y el irlandés, y otros, comparándolos con otros países con tendencias diversas.

Resulta difícil no perderse entre estadísticas, contradictorios análisis, hipótesis, variables y constantes, encuestas sociológicas, niveles de vida, y múltiples laberintos más. No obstante, mi conclusión es clara: puestas las cartas sobre la mesa, nadie sabe lo que ocurrirá en el futuro. Los vaticinios van desde las previsiones más negativas que preveen una explosión destructiva de una supuesta burbuja inmobiliaria hasta aquellas que adivinan mejor una moderación de los precios y un reajuste a nuestra capacidad adquisitiva durante los próximos quince años.

Sinceramente, yo no tengo ni idea de lo que pasará, pero veo una sociedad ahogada en ingentes hipotecas y préstamos. Una sociedad obsesionada con el precio de los bienes inmuebles, y lanzada con locura a la compra, aún cuando ésta suponga incurrir en préstamos impagables de por vida.

Conozco a mucha gente involucrada en el negocio inmobiliario y de la construcción, como todo el mundo en este país. El peso relativo de este sector es suficiente para que en un grupo de cuatro amigos, dos estén directamente o indirectamente metidos en el ajo: agentes inmobiliarios, prestamistas, albañiles, fontaneros, etc. Todos ellos saben más que nadie sobre el tema, evidentemente, Incluso más que los propios economistas, no en vano vivimos en un país de heruditos.

En primer lugar es obvio, para cualquiera que se haya comprado una casa, que las tasaciones no se ajustan a la realidad. Un amigo mío que trabaja para una gran inmobiliaria asegura que la mayoría de las hipotecas que logran se debe a una tasación por lo alto, lo que hace que personas que no tienen dinero para la consiguiente entrada obtengan ésta por medio del propio préstamo del banco. Este amigo mío, bastante avispado por cierto, asevera que solamente haciendo un esfuerzo para que las tasaciones fueran más ajustadas se frenaría la desmesurada demanda. Puede ser. Así se reduciría sobremanera el número de futuros hipotecados, reduciendo la demanda y llevando las cosas un poco más cerca del sentido común.

El efecto de la inmigración también es considerado por todos. Que ahora casi un 10% de nuestra población sea inmigrante ha supuesto un flujo importante de nuevas vidas que impulsan la construcción. La implicación es directa: más gente, más casas necesarias.

De todos modos, parece bastante claro que se podrían hacer un montón de cosas para paliar la situación. Mi pregunta es ¿tal vez no se desea? ¿tal vez nadie se atreve a poner estas medidas en marcha?

Primero están las viviendas de protección oficial. Viviendas que históricamente se ponen a disposición de los ciudadanos en régimen de compra. Los políticos se llenan la voca con palabras sobre el fomento de la movilidad laboral y sobre la importancia de potenciar el número de alquileres. Es verdad que la cultura española siempre ha sobrevalorado la compra frente al alquiler. Y no me extraña que esto siga siendo así, ya que según están las cosas, no merece la pena ni al más tonto tener un alquiler, cuando por el mismo pago mensual puedes tener una casa. ¿Por qué entonces vivo yo de alquiler? Tengo que razonar esto más. Un día que tenga tiempo.

Aquí radica una de las patas de esta gigante burbuja inmobiliaria, o fiesta inmobiliaria, como algunos la empiezan a denominar. Nadie se atreve realmente a potenciar el alquiler. Primer punto para fortalecerlo, parece claro, poner en el mercado viviendas en alquiler accesibles, como viviendas de protección oficial. Una estrategia que se lleva a cabo en muchos países, y que no han sabido ni copiar nuestros políticos.

Otro de los factores clave es el fuerte proteccionismo de la compra y las buenas ayudas que el estado, en forma de desgravaciones, da a los adquisidores de viviendas. Un compañero de trabajo mío, ganando bastante más dinero que yo, recibe dinero de la agencia tributaria, mientras que yo, sin tener casa, y ganando menos dinero, tengo que pagar religiosamente todos los años. No lo digo yo, el diario "The Economist" cita este motivo como principal causa del incremento de precios en España y menciona otros casos en los que la reducción de estas ayudas ha logrado frenar el crecimiento desmedido de los precios de la vivienda. Aquí tendríamos un ejemplo más de políticas que consiguen el efecto contrario al esperado. Buscan teóricamente ayudar a las familias a acceder a la vivienda y lograr que en realidad las viviendas sean más inaccesibles.

Pero las cosas siguen como siempre, y nadie se atreve a mover pieza sobre el tablero. ¿Por qué? Nadie lo dice, o todavía no lo he leído. Pero desde mi torpe inteligencia me atrevo a ver un efecto encadenado que asusta. Asusta a nuestros políticos, a nuestras empresas, a casi todos.

El sector de la construcción mueve e impulsa nuestra economía año tras año. Frenando este sector se frena la economía española, y aunque esto logre viviendas más baratas es un precio que ningún gobierno se atreve a pagar. Probablemente, de hecho, les costaría las siguientes elecciones.

Así que, que la fiesta continúe, la economía crezca hasta que esplote, y que la gente viva afixiada con sus hipotecas... es igual, esto funciona, dicen frotándose las manos. Y con ello están creando una sociedad fragementada en dos partes, que no son precisamente izquierdas y derechas como nos quieren hacer ver. Y tampoco nacionalista y no nacionalista. Se trata de la mitad que tienen bienes inmobiliarios y la otra mitad que desean acceder a ellos. Unos viven como reyes, los otros como mendigos.

Mientras tanto desvían la atención del pueblo en debates interminables sobre nacionalismos y no nacionalismos, anacrónicos debates que más que a nadie interesan a la clase política, mientras que la gente de la calle sufre atónita otros problemas mucho más importantes.

Esta dinámica en el sector de la construcción, consigue al mismo tiempo otro efecto colateral, la disminución del gasto de la familia en otros sectores. Cada vez son más y más ricos los constructores y los que se encuentran envueltos en el negocio inmobiliario desde su control, y más y más pobres los que luchan por entrar en ese círculo. A unos les sobra el dinero, lo tiran en lujosas mansiones y coches de trescientos caballos, y también en puestos y puestos de trabajo redundantes en empresas que no saben qué hacer con sus ingentes beneficios.

Otro efecto colateral, también alarmante, se desprende del estudio de una sencilla y básica ecuación económica, que muchas veces nos recuerda la UE desde Bruselas. Se puede decir que esta ecuación tiene un trasfondo incluso físico: la ley de la conservación de la energía. En la igualdad tenemos dos miembros: el de la izquierda el tamaño de nuestra economía (medida como sea: PIB, renta per cápita, yo qué se...), en el otro los recursos y la innovación. Para que la economía crezca o crecen los recursos explotados o crece la innovación, y con los mismos procesos productivos obtenemos unos mayores rendimientos.

Hartos estamos de conocernos en un país no innovador. La voz popular tilda de aburdas, en muchas ocasiones, a las empresas que ponen en marcha productos o procesos nuevos. Tenemos uno de los índices más bajos de Europa en inversión en I+D, o lo que llaman ahora, I+D+i. Sin embargo nuestra economía crece más que la media europea. ¿?. La ecuación se resuelve sencillamente: estamos consumiendo más y más recursos. Y la verdad es que no hace falta resolver ecuaciones diferenciales de segundo orden para verlo. Nuestras costas están agotadas frente al asfalto, nuestros ríos secos, ya no caben urbanizaciones ni campos de golf. Nuestros campos axfisiados, sin árboles, con ineficientes explotaciones de secano: trigo, cebada, etc. En una frase: nuestro modelo económico camina hacia la extenuación.

Pero da igual: sigamos construyendo, sigamos asfaltando, ¡tiremos del hormigón!. Es lo que da dinero, es lo que funciona. ¿Hasta cuándo? Nuestra balanza importación-exportación va cada vez a peor, y ya es difícil hasta encontrar un tirachinas fabricado en España, pero ¡España va bien!

Desde mi voz interior de izquierdas, progresista, exclamo estar bastante decepcionado con el gobierno socialista en lo que a estos temas se refiere. Han hecho poco, muy poco. El gobierno debe tomar un papel mucho más activo, mucho más agresivo para paliar una situación que nos consume. Debe de accionar políticas de inversión en innovación y controlar muchísimo más las políticas de I+D. Potenciando ese factor de la ecuación podrá y deberá tomar luego medidas para desacelerar la fiesta inmobiliaria y crear realmente una economía fuerte y sólida que se apoye no en la destrucción y el agotamiento de los recursos, sino en la innovación y el crecimiento sostenible. Así podrá, al mismo tiempo, ejecutar políticas que frenen la tendencia especulacionista sobre la política sin dañar las grandes cifras de la economía española.

Ahí está la variable que todos buscamos: en la innovación. Mediante innovación nuestra economía debe empezar a facturar nuevos objetos, bienes o servicios, y a exportarlos con éxito. Ya no somos la república bananera en la que sólo se sabe servir sangría a los extranjeros. Ahora somos un país fuerte, con gente perfectamente formada para acometer proyectos con los más altos niveles de calidad, para crear empresas que compitan en el mercado internacional con éxito. Con esta variable podemos conseguir que la economía española no dependa de quemar y quemar más suelo, sino de otros bienes o servicios de una nueva era. Tomemos el ejemplo de los países nórdicos, por ejemplo, que han sabido dinamizar sus economías quizá como nadie, manteniendo la calidad de vida de sus ciudadanos entre las más altas del mundo.

Cuando esta tarea se lleve a cabo, nuestro gobierno, del color que sea, deberá frenar especulación y destrucción, porque podrá hacerlo, sin alterar nuestra potencia económica.

¿Cómo?

Indudablemente se está haciendo un esfuerzo por impulsar la investigación y la innovación en nuestro país. Al menos se está haciendo un esfuerzo económico. Creo, sin embargo, que se están confundiendo las formas. Trabajo en el sector, y lo he visto. Las ayudas económicas se diluyen en centros de desarrollo, agencias para la investigación, y demás organismos con una vinculación en muchas veces excesiva con las universidades. Dirigidas muchas veces por acomodados profesores universitarios, que solamente buscan atraer más y más inversiones para justificar sus proyectos, pero olvidando el fin último de éstas: generar productos y servicios.

Se deben buscar otros métodos, más cercanos a la eficiencia y a la generación de resultados. Políticas activas que monitoricen, regulen y controlen el funcionamiento y la rentabilidad económica de estos proyectos. No es suficiente con bonitos informes de espectaculares proyectos que no llevan a nada. Se necesitan resultados, a mayor o menor plazo, pero resultados.

Se debe, sin duda alguna, involucrar hasta el fondo a las empresas, realizar duras auditorías a todos estos centros tecnológicos, realizar más estudios económicos y de mercado y menos matemáticas puras y filosofía existencial. Porque lo que de momento necesita nuestro país es resultado económico en la innovación. Sacar el máximo partido a esas inversiones. Cuando esto se logre será más fácil convencer a más y más empresas de que innovar es bueno para ellas, es rentable.

Que apuesten por la innovación y dejen el cemento, por favor. Por una vez necesitamos un cambio de conciencia en este país. Olvidemos el pan para hoy y hambre para mañana, y constuyamos un más pan todavía para mañana mediante un modelo industrial sostenible y de calidad.

Esto no durará para siempre, claro que no, y dentro de un tiempo nos veremos en playas de hormigón comprando hasta las cucharas a China, con coches de Singapur, y metodologías estadounidenses. Hagamos de nuestro país, un lugar de futuro, YA. Y seamos serios haciéndolo. Que la gente que viene de fuera no nos califique como el país de la chapuza. No siempre vale el cuanto antes mejor. Si queremos ser competitivos debemos unificar la rápidez a la demanda, la calidad, la continuidad y el marketing.

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