sábado, marzo 24, 2007

 

Nuestra 'maldita' generación

Somos aquellos niños nacidos cuando la dictadura tocaba a su fin, cuando España empezaba a retomar el vuelo de la democracia y se atisbaba la esperanza de un futuro mucho mejor. Llegamos en el último baby-boom del país y probablemente esa fue nuestra maldición.
Llamados a protagonizar el cambio social, político y económico del país, se nos tilda de la generación más preparada de la historia de España; y probablemente sea así. Algunos también dicen que lo hemos tenido todo, y si bien es cierto que no hemos tenido la mala suerte de conocer al hambre como quizá nuestros padres la tuvieron, mi visión de las cosas es un poco diferente.
Nuestro primer varapalo llegó con la Universidad. Éramos tantos que las aulas estaban masificadas, la educación deteriorada y los números clausus impidieron a muchos estudiar lo que deseaban. Este problema no lo tuvieron ni los que vinieron al mundo un poco antes ni los de un poco después; sólo nosotros, las generaciones de la segunda mitad de los 70. Con carreras atestadas de estudiantes los estándares de exigencia subieron (tengo buena fe de ello) para limitar un poco el número de licenciados, diplomados y arquitectos que salían a la calle. Así que muchos tardaron decenios en terminar sus estudios.
El segundo problema vino cuando finalizamos nuestros estudios universitarios. Miles, mejor dicho, cientos de miles de universitarios salieron a buscar trabajo al mismo tiempo, en un mercado español que nunca ha requerido de trabajadores cualificados, sino de albañiles y camareros. Aquí también protagonizamos un caso sin precedentes: fuimos los primeros universitarios en paro, o en condiciones laborales pésimas: salarios mediocres o mínimos y temporalidad. Nosotros fuimos los protagonistas del cambio, de que ahora las generaciones más jóvenes no quieran estudiar en la Universidad. Ellos lo saben bien, es el síndrome de "mi primo tiene 27 años, estudió ingeniería y trabaja en el taller de mi tío cambiando ruedas". Sí, ese fue nuestro destino, así que los siguientes optaron por no estudiar o estudiar mucho menos y les fue mucho mejor. Nosotros en cambio, con carreras, idiomas, másters todavía luchamos por encontrar un lugar en la sociedad.
El tercer problema, cómo no, la vivienda. Aquel baby-boom de los setenta se acerca a los treinta, y aunque tiene poco dinero en los bolsillos decide que ya es hora de comprarse una casa, de construirse un hogar. Por si fuéramos pocos esto coincide con otro boom: el de la inmigración. Casi cuatro millones inmigrantes -un 10% de la población- aparecen en nuestro país de la noche a la mañana. Todos buscamos casa al mismo tiempo, lo que unido a una política de vivienda desastrosa, hace que los pisos alcancen precios, digamos, impensables e impagables.
Así está nuestra generación, la más preparada, la que ya habla por fin inglés, con salarios mileuristas y buen currículum e intentado comprarse un piso de más de 10 metros cuadrados. Sin un lugar donde vivir, hacinados en las cuatro grandes ciudades del país, pues tuvimos que emigrar de nuestras verdaderas regiones: castilla, asturias, galicia, andalucía,.... Y aún así todavía tenemos que escuchar que somos los hijos de la democracia, que somos muy afortunados. Evidentemente lo somos, comparados a nuestros padres, pero desgraciadamente no en comparación con los que vinieron cinco o diez años antes o después; qué pena. Pero no seamos fatalistas: ¡a luchar!
¡Ah! y todavía nos queda otra por venir: las jubilaciones. Cuando lleguemos a nuestra edad de jubilación seremos tantos que nadie podrá pagarlas y tendremos que optar por trabajar hasta los 75 años o vivir con 400 euros en una España en la que probablemente una caña ya valdrá 100.

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