viernes, agosto 10, 2007
La desertificación de España
El cambio climático ha llegado, sí. Y aunque éste está causando en la Península Ibérica una desertificación galopante, que es evidentemente obvia durante el período estival, existe otra desertificación paralela, de semejante magnitud.
La desertificación vegetal es observable, igual que la humana, y es a ésta a la que me refiero. Mientras que los calendarios y discursos políticos de nuestros representantes, tanto autonómicos como estatales, se centran en debatir los temas de siempre: nacionalismos y anti-nacionalismos, así como antiguas rencillas y enfrentamientos, los problemas de hoy yacen escondidos en la cámara de los olvidos.
Mientras tanto, nuestra España querida, que tantos se animan a usar como estandarte, se desertifica. Las dos Castillas se vacían, el Norte también excepto en excasos puntos geográficos, extremadura tiene una de las rentas per cápita menores de Europa, y los jóvenes viajan, se amontan y sudan los veranos en un Madrid que ya no da más de sí, entre inmigrantes de fuera e inmigrantes de dentro.
Pero este es un problema del que nadie habla. Madrid y Barcelona, crecen y crecen, con excesivos planes urbanísticos y pocas medidas de inserción social, y en los pueblos de la España de interior ya sólo nos reunimos los jóvenes para brindar por Navidad, que es el único día en el que todos estamos en nuestro pueblo.
La construcción, y alguna que otra actividad más, es lo único que queda en estos pueblos de interior, que se vacían de oportunidades, de jóvenes, de vida, mientras un campo cada vez más castigado por la explotación excesiva y por las escasas lluvias ya no da más de sí.
Y mi grito es: ¿cuándo los políticos introducirán este debate en su agenda? ¿cuándo alguien se atreverá a ponerlo sobre el tapete? y sobre todo: ¿cuándo la sociedad española comenzará a ser consciente de este problema?
Porque la gente ve los problemas que le hacen ver, y sólo esos. Alguien, un nuevo líder, una nueva voz, un nuevo medio de comunicación, independiente y con ambiciones de renovación, deberá proponer estos nuevos temas, de máxima gravedad, para que la sociedad los vea, los analice, los comprenda, y vea que la clase política que dice reprensentarlos les está manipulando, ocultando los problemas que día a día les afectan (ese hijo en Madrid, ese otro en Barcelona, una familia separada) y mostrándole sólo aquellos temas que tienen interés para sus aspiraciones electorales.
Yo, desde este pequeño blog personal, lo denuncio, aunque no llegue a nadie más, porque no puedo gritarlo más fuerte por mi ventana.
La desertificación vegetal es observable, igual que la humana, y es a ésta a la que me refiero. Mientras que los calendarios y discursos políticos de nuestros representantes, tanto autonómicos como estatales, se centran en debatir los temas de siempre: nacionalismos y anti-nacionalismos, así como antiguas rencillas y enfrentamientos, los problemas de hoy yacen escondidos en la cámara de los olvidos.
Mientras tanto, nuestra España querida, que tantos se animan a usar como estandarte, se desertifica. Las dos Castillas se vacían, el Norte también excepto en excasos puntos geográficos, extremadura tiene una de las rentas per cápita menores de Europa, y los jóvenes viajan, se amontan y sudan los veranos en un Madrid que ya no da más de sí, entre inmigrantes de fuera e inmigrantes de dentro.
Pero este es un problema del que nadie habla. Madrid y Barcelona, crecen y crecen, con excesivos planes urbanísticos y pocas medidas de inserción social, y en los pueblos de la España de interior ya sólo nos reunimos los jóvenes para brindar por Navidad, que es el único día en el que todos estamos en nuestro pueblo.
La construcción, y alguna que otra actividad más, es lo único que queda en estos pueblos de interior, que se vacían de oportunidades, de jóvenes, de vida, mientras un campo cada vez más castigado por la explotación excesiva y por las escasas lluvias ya no da más de sí.
Y mi grito es: ¿cuándo los políticos introducirán este debate en su agenda? ¿cuándo alguien se atreverá a ponerlo sobre el tapete? y sobre todo: ¿cuándo la sociedad española comenzará a ser consciente de este problema?
Porque la gente ve los problemas que le hacen ver, y sólo esos. Alguien, un nuevo líder, una nueva voz, un nuevo medio de comunicación, independiente y con ambiciones de renovación, deberá proponer estos nuevos temas, de máxima gravedad, para que la sociedad los vea, los analice, los comprenda, y vea que la clase política que dice reprensentarlos les está manipulando, ocultando los problemas que día a día les afectan (ese hijo en Madrid, ese otro en Barcelona, una familia separada) y mostrándole sólo aquellos temas que tienen interés para sus aspiraciones electorales.
Yo, desde este pequeño blog personal, lo denuncio, aunque no llegue a nadie más, porque no puedo gritarlo más fuerte por mi ventana.
domingo, julio 08, 2007
El planeta SUErte - las drogas y la salud
Aquí en el planeta SUErte nadie consume drogas. Realmente su consumo casi se ha erradicado entre la juventud. Es más, incluso el tabaco es bastante inusual. Sin embargo hay algunas nuevas drogas que no son tan dañinas; no daré su nombre.
La legislación es muy severa con el consumo de drogas y la educación ha logrado que la opinión popular sobre ellas sea radicalmente condenadora. Viniendo de un país como el mío, el planeta SUErte llama la atención. Aquí, al que fuma un porro se le ve como un junkie y como una persona que necesita reinserción social. ¿Verdaderamente es así?
En España el consumo de drogas está ampliamente extendido. Hace poco leí que ya éramos el número uno en Europa en consumo de cocaína. Me lo creo. Ayer mismo entre en el baño de un bar "normal" -nada de música techno ni nada por el estilo- y estaba un chaval con dos rayitas sobre una tarjeta de crédito: "¡Ah! creía que eras mi colega", me dijo. Pues no, no lo era.
No sé hasta que punto el consumo de las drogas tiene una relación directa, o indirecta, con la desilusión y la ausencia de integración social. En el planeta SUErte hay verdaderamente pocos jóvenes no poseen un trabajo de buena cualificación, si están preparados para ello. En el nuestro, ese mismo caso es el raro. Los jóvenes estudian largas carreras universitarias, largos masters, se van al exterior para aprender idiomas y vuelven para trabajar insertando datos en una página web, cuando han sido afortunados, y ganando los ya famosos 1000 euros.
Todo esto crea un sentimiento de insatisfacción, de fracaso, del que nuestros jóvenes necesitan salir, al menos el fin de semana. No pueden tener el coche que les gustaría, la casa que desearían, el salario mínimo que satisfacería sus necesidades, pero al menos pueden ponerse de coca hasta arriba, para olvidarse de todos sus problemas durante dos días.
En el planeta SUErte esto no sucede. Y una cosa lleva a la otra.
La legislación es muy severa con el consumo de drogas y la educación ha logrado que la opinión popular sobre ellas sea radicalmente condenadora. Viniendo de un país como el mío, el planeta SUErte llama la atención. Aquí, al que fuma un porro se le ve como un junkie y como una persona que necesita reinserción social. ¿Verdaderamente es así?
En España el consumo de drogas está ampliamente extendido. Hace poco leí que ya éramos el número uno en Europa en consumo de cocaína. Me lo creo. Ayer mismo entre en el baño de un bar "normal" -nada de música techno ni nada por el estilo- y estaba un chaval con dos rayitas sobre una tarjeta de crédito: "¡Ah! creía que eras mi colega", me dijo. Pues no, no lo era.
No sé hasta que punto el consumo de las drogas tiene una relación directa, o indirecta, con la desilusión y la ausencia de integración social. En el planeta SUErte hay verdaderamente pocos jóvenes no poseen un trabajo de buena cualificación, si están preparados para ello. En el nuestro, ese mismo caso es el raro. Los jóvenes estudian largas carreras universitarias, largos masters, se van al exterior para aprender idiomas y vuelven para trabajar insertando datos en una página web, cuando han sido afortunados, y ganando los ya famosos 1000 euros.
Todo esto crea un sentimiento de insatisfacción, de fracaso, del que nuestros jóvenes necesitan salir, al menos el fin de semana. No pueden tener el coche que les gustaría, la casa que desearían, el salario mínimo que satisfacería sus necesidades, pero al menos pueden ponerse de coca hasta arriba, para olvidarse de todos sus problemas durante dos días.
En el planeta SUErte esto no sucede. Y una cosa lleva a la otra.
domingo, mayo 20, 2007
El planeta SUErte - el empleo
Voy a intentar escribir unos cuantos posts sobre el planeta SUErte, lugar donde desde hace un año habito. Hay muchas cosas que aquí son diferentes, y que merecen la pena ser contadas. Vale la pena comentar que el planeta no está muy lejos de Espancia y que se puede llegar en un vuelo interestelar de unas tres horas dirección norte. El planeta SUErte, eso sí, está más lejos del sol, por lo que goza de temperaturas sensiblemente más bajas que en Espancia. El planeta SUErte, no obstante, pertenece a la galaxia de Europacia. Pero esto ya lo iré contando poco a poco en sucesivos posts. Este lo voy a dedicar al empleo en SUErte.
En el planeta SUErte existe una demanda no satisfecha de profesionales cualificados. Los jóvenes con carreras universitarias acceden a puestos de responsabilidad de forma temprana dada esta merma de profesionales.
Además en el planeta SUErte no existen las megalópolis en las que en otros planetas nos vemos obligados a vivir. En Espancia, por ejemplo, muchos jóvenes nos vemos forzados a mudarnos a ciudades gigantes, insostenibles, contaminadas y repletas de coches, atascos y ruidos. Son así megalópolis como Madrinia y Barcelopea. Muchos no queremos vivir en esas ciudades axfisiantes, donde tenemos que compartir pisos húmedos, decrépitos y oscuros. No nos acostumbramos a tardar horas en llegar hasta el trabajo.
Aquí, en el planeta SUErte, en una ciudad como la mía, uno puede ir tranquilamente a su trabajo de calidad en bicicleta, por caminos entre verdes parques mientras una suave lluvia lo refresca.
Como he dicho, además, los horarios están controlados en SUErte. Se para de trabajar a las 5 o 5 y media y los suercianos pueden ir a sus casas de madera donde normalmente cuidan de sus jardines o salen a correr o en bicicleta por las tardes. En Madrinia y Barcelopea no podíamos hacer eso. Las diez horas de trabajo al día se sumaban a las tres horas de traslado con lo cual uno llegaba a casa hecho un andrajo, capaz solamente de colocarse en posición mutante frente al televisor mientras engullía patatas fritas.
En el planeta SUErte existe una demanda no satisfecha de profesionales cualificados. Los jóvenes con carreras universitarias acceden a puestos de responsabilidad de forma temprana dada esta merma de profesionales.
Además en el planeta SUErte no existen las megalópolis en las que en otros planetas nos vemos obligados a vivir. En Espancia, por ejemplo, muchos jóvenes nos vemos forzados a mudarnos a ciudades gigantes, insostenibles, contaminadas y repletas de coches, atascos y ruidos. Son así megalópolis como Madrinia y Barcelopea. Muchos no queremos vivir en esas ciudades axfisiantes, donde tenemos que compartir pisos húmedos, decrépitos y oscuros. No nos acostumbramos a tardar horas en llegar hasta el trabajo.
Aquí, en el planeta SUErte, en una ciudad como la mía, uno puede ir tranquilamente a su trabajo de calidad en bicicleta, por caminos entre verdes parques mientras una suave lluvia lo refresca.
Como he dicho, además, los horarios están controlados en SUErte. Se para de trabajar a las 5 o 5 y media y los suercianos pueden ir a sus casas de madera donde normalmente cuidan de sus jardines o salen a correr o en bicicleta por las tardes. En Madrinia y Barcelopea no podíamos hacer eso. Las diez horas de trabajo al día se sumaban a las tres horas de traslado con lo cual uno llegaba a casa hecho un andrajo, capaz solamente de colocarse en posición mutante frente al televisor mientras engullía patatas fritas.
Etiquetas: suerte
sábado, marzo 24, 2007
Nuestra 'maldita' generación
Somos aquellos niños nacidos cuando la dictadura tocaba a su fin, cuando España empezaba a retomar el vuelo de la democracia y se atisbaba la esperanza de un futuro mucho mejor. Llegamos en el último baby-boom del país y probablemente esa fue nuestra maldición.
Llamados a protagonizar el cambio social, político y económico del país, se nos tilda de la generación más preparada de la historia de España; y probablemente sea así. Algunos también dicen que lo hemos tenido todo, y si bien es cierto que no hemos tenido la mala suerte de conocer al hambre como quizá nuestros padres la tuvieron, mi visión de las cosas es un poco diferente.
Nuestro primer varapalo llegó con la Universidad. Éramos tantos que las aulas estaban masificadas, la educación deteriorada y los números clausus impidieron a muchos estudiar lo que deseaban. Este problema no lo tuvieron ni los que vinieron al mundo un poco antes ni los de un poco después; sólo nosotros, las generaciones de la segunda mitad de los 70. Con carreras atestadas de estudiantes los estándares de exigencia subieron (tengo buena fe de ello) para limitar un poco el número de licenciados, diplomados y arquitectos que salían a la calle. Así que muchos tardaron decenios en terminar sus estudios.
El segundo problema vino cuando finalizamos nuestros estudios universitarios. Miles, mejor dicho, cientos de miles de universitarios salieron a buscar trabajo al mismo tiempo, en un mercado español que nunca ha requerido de trabajadores cualificados, sino de albañiles y camareros. Aquí también protagonizamos un caso sin precedentes: fuimos los primeros universitarios en paro, o en condiciones laborales pésimas: salarios mediocres o mínimos y temporalidad. Nosotros fuimos los protagonistas del cambio, de que ahora las generaciones más jóvenes no quieran estudiar en la Universidad. Ellos lo saben bien, es el síndrome de "mi primo tiene 27 años, estudió ingeniería y trabaja en el taller de mi tío cambiando ruedas". Sí, ese fue nuestro destino, así que los siguientes optaron por no estudiar o estudiar mucho menos y les fue mucho mejor. Nosotros en cambio, con carreras, idiomas, másters todavía luchamos por encontrar un lugar en la sociedad.
El tercer problema, cómo no, la vivienda. Aquel baby-boom de los setenta se acerca a los treinta, y aunque tiene poco dinero en los bolsillos decide que ya es hora de comprarse una casa, de construirse un hogar. Por si fuéramos pocos esto coincide con otro boom: el de la inmigración. Casi cuatro millones inmigrantes -un 10% de la población- aparecen en nuestro país de la noche a la mañana. Todos buscamos casa al mismo tiempo, lo que unido a una política de vivienda desastrosa, hace que los pisos alcancen precios, digamos, impensables e impagables.
Así está nuestra generación, la más preparada, la que ya habla por fin inglés, con salarios mileuristas y buen currículum e intentado comprarse un piso de más de 10 metros cuadrados. Sin un lugar donde vivir, hacinados en las cuatro grandes ciudades del país, pues tuvimos que emigrar de nuestras verdaderas regiones: castilla, asturias, galicia, andalucía,.... Y aún así todavía tenemos que escuchar que somos los hijos de la democracia, que somos muy afortunados. Evidentemente lo somos, comparados a nuestros padres, pero desgraciadamente no en comparación con los que vinieron cinco o diez años antes o después; qué pena. Pero no seamos fatalistas: ¡a luchar!
¡Ah! y todavía nos queda otra por venir: las jubilaciones. Cuando lleguemos a nuestra edad de jubilación seremos tantos que nadie podrá pagarlas y tendremos que optar por trabajar hasta los 75 años o vivir con 400 euros en una España en la que probablemente una caña ya valdrá 100.
Llamados a protagonizar el cambio social, político y económico del país, se nos tilda de la generación más preparada de la historia de España; y probablemente sea así. Algunos también dicen que lo hemos tenido todo, y si bien es cierto que no hemos tenido la mala suerte de conocer al hambre como quizá nuestros padres la tuvieron, mi visión de las cosas es un poco diferente.
Nuestro primer varapalo llegó con la Universidad. Éramos tantos que las aulas estaban masificadas, la educación deteriorada y los números clausus impidieron a muchos estudiar lo que deseaban. Este problema no lo tuvieron ni los que vinieron al mundo un poco antes ni los de un poco después; sólo nosotros, las generaciones de la segunda mitad de los 70. Con carreras atestadas de estudiantes los estándares de exigencia subieron (tengo buena fe de ello) para limitar un poco el número de licenciados, diplomados y arquitectos que salían a la calle. Así que muchos tardaron decenios en terminar sus estudios.
El segundo problema vino cuando finalizamos nuestros estudios universitarios. Miles, mejor dicho, cientos de miles de universitarios salieron a buscar trabajo al mismo tiempo, en un mercado español que nunca ha requerido de trabajadores cualificados, sino de albañiles y camareros. Aquí también protagonizamos un caso sin precedentes: fuimos los primeros universitarios en paro, o en condiciones laborales pésimas: salarios mediocres o mínimos y temporalidad. Nosotros fuimos los protagonistas del cambio, de que ahora las generaciones más jóvenes no quieran estudiar en la Universidad. Ellos lo saben bien, es el síndrome de "mi primo tiene 27 años, estudió ingeniería y trabaja en el taller de mi tío cambiando ruedas". Sí, ese fue nuestro destino, así que los siguientes optaron por no estudiar o estudiar mucho menos y les fue mucho mejor. Nosotros en cambio, con carreras, idiomas, másters todavía luchamos por encontrar un lugar en la sociedad.
El tercer problema, cómo no, la vivienda. Aquel baby-boom de los setenta se acerca a los treinta, y aunque tiene poco dinero en los bolsillos decide que ya es hora de comprarse una casa, de construirse un hogar. Por si fuéramos pocos esto coincide con otro boom: el de la inmigración. Casi cuatro millones inmigrantes -un 10% de la población- aparecen en nuestro país de la noche a la mañana. Todos buscamos casa al mismo tiempo, lo que unido a una política de vivienda desastrosa, hace que los pisos alcancen precios, digamos, impensables e impagables.
Así está nuestra generación, la más preparada, la que ya habla por fin inglés, con salarios mileuristas y buen currículum e intentado comprarse un piso de más de 10 metros cuadrados. Sin un lugar donde vivir, hacinados en las cuatro grandes ciudades del país, pues tuvimos que emigrar de nuestras verdaderas regiones: castilla, asturias, galicia, andalucía,.... Y aún así todavía tenemos que escuchar que somos los hijos de la democracia, que somos muy afortunados. Evidentemente lo somos, comparados a nuestros padres, pero desgraciadamente no en comparación con los que vinieron cinco o diez años antes o después; qué pena. Pero no seamos fatalistas: ¡a luchar!
¡Ah! y todavía nos queda otra por venir: las jubilaciones. Cuando lleguemos a nuestra edad de jubilación seremos tantos que nadie podrá pagarlas y tendremos que optar por trabajar hasta los 75 años o vivir con 400 euros en una España en la que probablemente una caña ya valdrá 100.
jueves, diciembre 14, 2006
La exterminación del mileurista
La popularización del término mileurista en los útimos dos años en España acompaña al crecimiento en número de licenciados españoles que alcanzan malamente esta cantidad en sus nóminas mensuales.
El fenómeno ha sido ya muy estudiado y taladrado en medios y libros. ¿Por qué la generación más preparada de la historia reciente española se ve obligada a trabajar por sueldos denigrantes cuando en otros lugares de europa recibirían suculentos salarios en empresas competitivas?
No quiero entrar en este tema, pero las razones no son muy complejas. Vivimos en un país con una gran demanda de mano de obra no cualificada, que se arrastra de épocas de menor desarrollo económico. Nuevas empresas están surgiendo pero llevará un tiempo que la tecnología y la innovación sean estardarte en nuestro parque empresarial, o un motor de nuestra economía. Mientras tanto los jóvenes, con carreras, másters e idiomas deben trabajar en Technocasa por 900 euros al mes.
Sin embargo no quiero que la explicación de este fenómeno llene el contenido de este post. Hay una elucubración que me intriga mucho más. El mileurista se enfrenta a horarios de oficina eternos, a hipotecas imposibles o a vivir con sus padres hasta los cuarenta. En el mejor de los casos, si logra independizarse, el restante de su sueldo va a ser tan nimio que no le va a quedar más que para una bolsa de pipas el domingo. Y ahí viene lo interesante del tema: el mileurista no podrá tener hijos. Al menos no en España donde el estado no da ninguna ayuda a los padres.
Aquí es donde de nuevo aparece Darwin y elimina la raza del mileurista de nuestro país al no permitir que esta se reproduzca y perpetúe. Jeje. El problema es que estos mileuristas eran los llamados a transformar el país de una máquina de hormigón, ladrillos y bares en una sociedad moderna, tecnológica y con altos estándares de vida. Si esta raza no subsiste el destino del país estará firmado.
Y eso es justamente lo que está sucediendo. El país cada vez ofrece menos incentivos a los que se esfuerzan en conseguir un perfil profesional avanzado. Másters, idiomas, carreras... no sirven para nada en nuestro mercado laboral. Aprende a poner ladrillos y el futuro te sonreirá.
No sólo quiero criticar a nuestro país, pues él no es nada más que una cosa inherte sin los que lo habitamos. España no sería nada sin los españoles. Así que quizá los mileuristas deberían dejar de quejarse de la imposibilidad de encontrar trabajos y tomar ellos mismos las riendas del asunto. Comenzar a ser emprendedores, a crear oportunidades de negocio, a emigrar para ver nuevas oportunidades e importarlas, etc. Quizá sólo ellos puedan lograr lo que no ha podido lograr la política.
El fenómeno ha sido ya muy estudiado y taladrado en medios y libros. ¿Por qué la generación más preparada de la historia reciente española se ve obligada a trabajar por sueldos denigrantes cuando en otros lugares de europa recibirían suculentos salarios en empresas competitivas?
No quiero entrar en este tema, pero las razones no son muy complejas. Vivimos en un país con una gran demanda de mano de obra no cualificada, que se arrastra de épocas de menor desarrollo económico. Nuevas empresas están surgiendo pero llevará un tiempo que la tecnología y la innovación sean estardarte en nuestro parque empresarial, o un motor de nuestra economía. Mientras tanto los jóvenes, con carreras, másters e idiomas deben trabajar en Technocasa por 900 euros al mes.
Sin embargo no quiero que la explicación de este fenómeno llene el contenido de este post. Hay una elucubración que me intriga mucho más. El mileurista se enfrenta a horarios de oficina eternos, a hipotecas imposibles o a vivir con sus padres hasta los cuarenta. En el mejor de los casos, si logra independizarse, el restante de su sueldo va a ser tan nimio que no le va a quedar más que para una bolsa de pipas el domingo. Y ahí viene lo interesante del tema: el mileurista no podrá tener hijos. Al menos no en España donde el estado no da ninguna ayuda a los padres.
Aquí es donde de nuevo aparece Darwin y elimina la raza del mileurista de nuestro país al no permitir que esta se reproduzca y perpetúe. Jeje. El problema es que estos mileuristas eran los llamados a transformar el país de una máquina de hormigón, ladrillos y bares en una sociedad moderna, tecnológica y con altos estándares de vida. Si esta raza no subsiste el destino del país estará firmado.
Y eso es justamente lo que está sucediendo. El país cada vez ofrece menos incentivos a los que se esfuerzan en conseguir un perfil profesional avanzado. Másters, idiomas, carreras... no sirven para nada en nuestro mercado laboral. Aprende a poner ladrillos y el futuro te sonreirá.
No sólo quiero criticar a nuestro país, pues él no es nada más que una cosa inherte sin los que lo habitamos. España no sería nada sin los españoles. Así que quizá los mileuristas deberían dejar de quejarse de la imposibilidad de encontrar trabajos y tomar ellos mismos las riendas del asunto. Comenzar a ser emprendedores, a crear oportunidades de negocio, a emigrar para ver nuevas oportunidades e importarlas, etc. Quizá sólo ellos puedan lograr lo que no ha podido lograr la política.
jueves, junio 01, 2006
Esos jóvenes
Una vez leía un artículo en el que decían que el ochenta por ciento de los recién graduados estadounidenses tenían como meta profesional crear una empresa. En España este mismo ochenta por ciento marca como objetivo ser funcionario.
Viendo estas nada alagüeñas estadísiticas no causa sorpresa que vivamos en una país sin capacidad innovadora. Nuestros jóvenes valoran mucho más una vida tranquila y relativamente bien remunerada que el desafío de una vida empresarial.
Evidentemente hay varios factores que hacen que esto sea así. El primero, y tal vez más importante, es el cultural. Nos gusta vivir bien, no trabajar demasiadas horas, ir a casa para comer y establecernos definitivamente en un lugar. Somos sedentarios. Tampoco es que esto esté mal. Por educación, por historia y por otros miles de motivos somos menos ambiciosos que los americanos y que otros muchos países.
Otro factor también a tener en cuenta es la increíble calidad de vida de los funcionarios. Todos conocemos a alguno. Trabajan poco, ganan mucho y tienen un trabajo de por vida. No hay muchos países como España. Una secretaria funcionaria gana al menos un treinta por ciento más que una secretaria en el sector privado. Y así con casi todas las profesiones.
Y el último factor que quiero sopesar es la verdadera imposibilidad de crear una nueva empresa en España. Con estructuras económicas desengrasadas, con auténticos laberintos sin salida en busca de ayudas a la empresa, con mentalidades anacrónicas.
En España, si intentas crear una empresa y fallas en el intento, después te será más difícil aún reincorporarte al mercado laboral por cuenta ajena. Se penaliza la capacidad de superación. Esto sucede incluso en los trabajos por cuenta ajena. En muchas ocasiones el empresario prefiere contratar a gente peor preparada pero con menos aspiraciones. No se desea contar en la plantilla con gente entusiasta y con ganas de crecer sino con trabajadores que no den problemas y que acepten el mismo puesto durante años.
Bien, ¿y cómo cambiar todo este panorama? Muchos saben desde hace tiempo la solución y la gritan al viento con toda su fuerza sin que nadie, o muy pocos, les escuchen: se debe contruir un puente entre Universidad y empresa.
La investigación es España está a miles de años luz de productos rentables en el mercado. Por supuesto que está bien tener líneas de investigación más puramente científicas, pero también se debería invertir en innovación.
Los proyectos son truncados en las universidades. Miles de estudiantes realizan proyectos finales de carrera o tesis del mayor interés, y deben abandonarlos al finalizar sus estudios, dejando solamente un par de tomos de cien folios cada uno, una buena nota y un gran recuerdo. Necesitamos medios que tracen un puente entre esa tesis sobre visión artificial de ese estudiante y un producto económicamente rentable. Y ahí, al menos en los EEUU entran en juego los viveros de empresas, los fondos desde Venture Capitals, o las propias universidades.
No se detienen temerosos cuando hay que poner dinero, habiendo previamente valorado la viabilidad del proyecto. Éste es el hueco que existe en nuestro sistema de innovación, y mientras no haya empresas suficientemente emprendedoras deberían ser los fondos públicos los que lo cubran.
Viendo estas nada alagüeñas estadísiticas no causa sorpresa que vivamos en una país sin capacidad innovadora. Nuestros jóvenes valoran mucho más una vida tranquila y relativamente bien remunerada que el desafío de una vida empresarial.
Evidentemente hay varios factores que hacen que esto sea así. El primero, y tal vez más importante, es el cultural. Nos gusta vivir bien, no trabajar demasiadas horas, ir a casa para comer y establecernos definitivamente en un lugar. Somos sedentarios. Tampoco es que esto esté mal. Por educación, por historia y por otros miles de motivos somos menos ambiciosos que los americanos y que otros muchos países.
Otro factor también a tener en cuenta es la increíble calidad de vida de los funcionarios. Todos conocemos a alguno. Trabajan poco, ganan mucho y tienen un trabajo de por vida. No hay muchos países como España. Una secretaria funcionaria gana al menos un treinta por ciento más que una secretaria en el sector privado. Y así con casi todas las profesiones.
Y el último factor que quiero sopesar es la verdadera imposibilidad de crear una nueva empresa en España. Con estructuras económicas desengrasadas, con auténticos laberintos sin salida en busca de ayudas a la empresa, con mentalidades anacrónicas.
En España, si intentas crear una empresa y fallas en el intento, después te será más difícil aún reincorporarte al mercado laboral por cuenta ajena. Se penaliza la capacidad de superación. Esto sucede incluso en los trabajos por cuenta ajena. En muchas ocasiones el empresario prefiere contratar a gente peor preparada pero con menos aspiraciones. No se desea contar en la plantilla con gente entusiasta y con ganas de crecer sino con trabajadores que no den problemas y que acepten el mismo puesto durante años.
Bien, ¿y cómo cambiar todo este panorama? Muchos saben desde hace tiempo la solución y la gritan al viento con toda su fuerza sin que nadie, o muy pocos, les escuchen: se debe contruir un puente entre Universidad y empresa.
La investigación es España está a miles de años luz de productos rentables en el mercado. Por supuesto que está bien tener líneas de investigación más puramente científicas, pero también se debería invertir en innovación.
Los proyectos son truncados en las universidades. Miles de estudiantes realizan proyectos finales de carrera o tesis del mayor interés, y deben abandonarlos al finalizar sus estudios, dejando solamente un par de tomos de cien folios cada uno, una buena nota y un gran recuerdo. Necesitamos medios que tracen un puente entre esa tesis sobre visión artificial de ese estudiante y un producto económicamente rentable. Y ahí, al menos en los EEUU entran en juego los viveros de empresas, los fondos desde Venture Capitals, o las propias universidades.
No se detienen temerosos cuando hay que poner dinero, habiendo previamente valorado la viabilidad del proyecto. Éste es el hueco que existe en nuestro sistema de innovación, y mientras no haya empresas suficientemente emprendedoras deberían ser los fondos públicos los que lo cubran.
lunes, mayo 08, 2006
EL PRECIO DE LA VIVIENDA Y OTROS MENESTERES...
¿Es posible tener viviendas en nuestro país a un precio moderado? ¿Viviendas accesibles, dignas, para todos? ¿Es acaso aceptable que el precio de una vivienda mínima sea de 120000 euros en un país donde el sueldo mínimo interprofesional no llega a los 600?
Yo no soy economista, ni quiero serlo; tampoco soy sociólogo, y quizá fue mi vocación perdida. Pero sé algo de los derechos del ser humano, y de esta tan manida constitución española que tantos quebraderos de cabeza trae a los políticos durante ésta última época democrática. Creo que no existe ninguna duda: el derecho a la vivienda digna es de todos los españoles, y por extensión debería serlo de todo ser humano.
He leído mucho sobre el tema, supongo que como casi todos los españoles. Mi estudio incluso ha sobrepasado las fronteras y me he aventurado sobre largos y a veces densos (y soporíferos) artículos de fuentes extranjeras sobre el tema. El prestigioso diario "The Economist" ha publicado una serie de profundos artículos sobre el caso español y el irlandés, y otros, comparándolos con otros países con tendencias diversas.
Resulta difícil no perderse entre estadísticas, contradictorios análisis, hipótesis, variables y constantes, encuestas sociológicas, niveles de vida, y múltiples laberintos más. No obstante, mi conclusión es clara: puestas las cartas sobre la mesa, nadie sabe lo que ocurrirá en el futuro. Los vaticinios van desde las previsiones más negativas que preveen una explosión destructiva de una supuesta burbuja inmobiliaria hasta aquellas que adivinan mejor una moderación de los precios y un reajuste a nuestra capacidad adquisitiva durante los próximos quince años.
Sinceramente, yo no tengo ni idea de lo que pasará, pero veo una sociedad ahogada en ingentes hipotecas y préstamos. Una sociedad obsesionada con el precio de los bienes inmuebles, y lanzada con locura a la compra, aún cuando ésta suponga incurrir en préstamos impagables de por vida.
Conozco a mucha gente involucrada en el negocio inmobiliario y de la construcción, como todo el mundo en este país. El peso relativo de este sector es suficiente para que en un grupo de cuatro amigos, dos estén directamente o indirectamente metidos en el ajo: agentes inmobiliarios, prestamistas, albañiles, fontaneros, etc. Todos ellos saben más que nadie sobre el tema, evidentemente, Incluso más que los propios economistas, no en vano vivimos en un país de heruditos.
En primer lugar es obvio, para cualquiera que se haya comprado una casa, que las tasaciones no se ajustan a la realidad. Un amigo mío que trabaja para una gran inmobiliaria asegura que la mayoría de las hipotecas que logran se debe a una tasación por lo alto, lo que hace que personas que no tienen dinero para la consiguiente entrada obtengan ésta por medio del propio préstamo del banco. Este amigo mío, bastante avispado por cierto, asevera que solamente haciendo un esfuerzo para que las tasaciones fueran más ajustadas se frenaría la desmesurada demanda. Puede ser. Así se reduciría sobremanera el número de futuros hipotecados, reduciendo la demanda y llevando las cosas un poco más cerca del sentido común.
El efecto de la inmigración también es considerado por todos. Que ahora casi un 10% de nuestra población sea inmigrante ha supuesto un flujo importante de nuevas vidas que impulsan la construcción. La implicación es directa: más gente, más casas necesarias.
De todos modos, parece bastante claro que se podrían hacer un montón de cosas para paliar la situación. Mi pregunta es ¿tal vez no se desea? ¿tal vez nadie se atreve a poner estas medidas en marcha?
Primero están las viviendas de protección oficial. Viviendas que históricamente se ponen a disposición de los ciudadanos en régimen de compra. Los políticos se llenan la voca con palabras sobre el fomento de la movilidad laboral y sobre la importancia de potenciar el número de alquileres. Es verdad que la cultura española siempre ha sobrevalorado la compra frente al alquiler. Y no me extraña que esto siga siendo así, ya que según están las cosas, no merece la pena ni al más tonto tener un alquiler, cuando por el mismo pago mensual puedes tener una casa. ¿Por qué entonces vivo yo de alquiler? Tengo que razonar esto más. Un día que tenga tiempo.
Aquí radica una de las patas de esta gigante burbuja inmobiliaria, o fiesta inmobiliaria, como algunos la empiezan a denominar. Nadie se atreve realmente a potenciar el alquiler. Primer punto para fortalecerlo, parece claro, poner en el mercado viviendas en alquiler accesibles, como viviendas de protección oficial. Una estrategia que se lleva a cabo en muchos países, y que no han sabido ni copiar nuestros políticos.
Otro de los factores clave es el fuerte proteccionismo de la compra y las buenas ayudas que el estado, en forma de desgravaciones, da a los adquisidores de viviendas. Un compañero de trabajo mío, ganando bastante más dinero que yo, recibe dinero de la agencia tributaria, mientras que yo, sin tener casa, y ganando menos dinero, tengo que pagar religiosamente todos los años. No lo digo yo, el diario "The Economist" cita este motivo como principal causa del incremento de precios en España y menciona otros casos en los que la reducción de estas ayudas ha logrado frenar el crecimiento desmedido de los precios de la vivienda. Aquí tendríamos un ejemplo más de políticas que consiguen el efecto contrario al esperado. Buscan teóricamente ayudar a las familias a acceder a la vivienda y lograr que en realidad las viviendas sean más inaccesibles.
Pero las cosas siguen como siempre, y nadie se atreve a mover pieza sobre el tablero. ¿Por qué? Nadie lo dice, o todavía no lo he leído. Pero desde mi torpe inteligencia me atrevo a ver un efecto encadenado que asusta. Asusta a nuestros políticos, a nuestras empresas, a casi todos.
El sector de la construcción mueve e impulsa nuestra economía año tras año. Frenando este sector se frena la economía española, y aunque esto logre viviendas más baratas es un precio que ningún gobierno se atreve a pagar. Probablemente, de hecho, les costaría las siguientes elecciones.
Así que, que la fiesta continúe, la economía crezca hasta que esplote, y que la gente viva afixiada con sus hipotecas... es igual, esto funciona, dicen frotándose las manos. Y con ello están creando una sociedad fragementada en dos partes, que no son precisamente izquierdas y derechas como nos quieren hacer ver. Y tampoco nacionalista y no nacionalista. Se trata de la mitad que tienen bienes inmobiliarios y la otra mitad que desean acceder a ellos. Unos viven como reyes, los otros como mendigos.
Mientras tanto desvían la atención del pueblo en debates interminables sobre nacionalismos y no nacionalismos, anacrónicos debates que más que a nadie interesan a la clase política, mientras que la gente de la calle sufre atónita otros problemas mucho más importantes.
Esta dinámica en el sector de la construcción, consigue al mismo tiempo otro efecto colateral, la disminución del gasto de la familia en otros sectores. Cada vez son más y más ricos los constructores y los que se encuentran envueltos en el negocio inmobiliario desde su control, y más y más pobres los que luchan por entrar en ese círculo. A unos les sobra el dinero, lo tiran en lujosas mansiones y coches de trescientos caballos, y también en puestos y puestos de trabajo redundantes en empresas que no saben qué hacer con sus ingentes beneficios.
Otro efecto colateral, también alarmante, se desprende del estudio de una sencilla y básica ecuación económica, que muchas veces nos recuerda la UE desde Bruselas. Se puede decir que esta ecuación tiene un trasfondo incluso físico: la ley de la conservación de la energía. En la igualdad tenemos dos miembros: el de la izquierda el tamaño de nuestra economía (medida como sea: PIB, renta per cápita, yo qué se...), en el otro los recursos y la innovación. Para que la economía crezca o crecen los recursos explotados o crece la innovación, y con los mismos procesos productivos obtenemos unos mayores rendimientos.
Hartos estamos de conocernos en un país no innovador. La voz popular tilda de aburdas, en muchas ocasiones, a las empresas que ponen en marcha productos o procesos nuevos. Tenemos uno de los índices más bajos de Europa en inversión en I+D, o lo que llaman ahora, I+D+i. Sin embargo nuestra economía crece más que la media europea. ¿?. La ecuación se resuelve sencillamente: estamos consumiendo más y más recursos. Y la verdad es que no hace falta resolver ecuaciones diferenciales de segundo orden para verlo. Nuestras costas están agotadas frente al asfalto, nuestros ríos secos, ya no caben urbanizaciones ni campos de golf. Nuestros campos axfisiados, sin árboles, con ineficientes explotaciones de secano: trigo, cebada, etc. En una frase: nuestro modelo económico camina hacia la extenuación.
Pero da igual: sigamos construyendo, sigamos asfaltando, ¡tiremos del hormigón!. Es lo que da dinero, es lo que funciona. ¿Hasta cuándo? Nuestra balanza importación-exportación va cada vez a peor, y ya es difícil hasta encontrar un tirachinas fabricado en España, pero ¡España va bien!
Desde mi voz interior de izquierdas, progresista, exclamo estar bastante decepcionado con el gobierno socialista en lo que a estos temas se refiere. Han hecho poco, muy poco. El gobierno debe tomar un papel mucho más activo, mucho más agresivo para paliar una situación que nos consume. Debe de accionar políticas de inversión en innovación y controlar muchísimo más las políticas de I+D. Potenciando ese factor de la ecuación podrá y deberá tomar luego medidas para desacelerar la fiesta inmobiliaria y crear realmente una economía fuerte y sólida que se apoye no en la destrucción y el agotamiento de los recursos, sino en la innovación y el crecimiento sostenible. Así podrá, al mismo tiempo, ejecutar políticas que frenen la tendencia especulacionista sobre la política sin dañar las grandes cifras de la economía española.
Ahí está la variable que todos buscamos: en la innovación. Mediante innovación nuestra economía debe empezar a facturar nuevos objetos, bienes o servicios, y a exportarlos con éxito. Ya no somos la república bananera en la que sólo se sabe servir sangría a los extranjeros. Ahora somos un país fuerte, con gente perfectamente formada para acometer proyectos con los más altos niveles de calidad, para crear empresas que compitan en el mercado internacional con éxito. Con esta variable podemos conseguir que la economía española no dependa de quemar y quemar más suelo, sino de otros bienes o servicios de una nueva era. Tomemos el ejemplo de los países nórdicos, por ejemplo, que han sabido dinamizar sus economías quizá como nadie, manteniendo la calidad de vida de sus ciudadanos entre las más altas del mundo.
Cuando esta tarea se lleve a cabo, nuestro gobierno, del color que sea, deberá frenar especulación y destrucción, porque podrá hacerlo, sin alterar nuestra potencia económica.
¿Cómo?
Indudablemente se está haciendo un esfuerzo por impulsar la investigación y la innovación en nuestro país. Al menos se está haciendo un esfuerzo económico. Creo, sin embargo, que se están confundiendo las formas. Trabajo en el sector, y lo he visto. Las ayudas económicas se diluyen en centros de desarrollo, agencias para la investigación, y demás organismos con una vinculación en muchas veces excesiva con las universidades. Dirigidas muchas veces por acomodados profesores universitarios, que solamente buscan atraer más y más inversiones para justificar sus proyectos, pero olvidando el fin último de éstas: generar productos y servicios.
Se deben buscar otros métodos, más cercanos a la eficiencia y a la generación de resultados. Políticas activas que monitoricen, regulen y controlen el funcionamiento y la rentabilidad económica de estos proyectos. No es suficiente con bonitos informes de espectaculares proyectos que no llevan a nada. Se necesitan resultados, a mayor o menor plazo, pero resultados.
Se debe, sin duda alguna, involucrar hasta el fondo a las empresas, realizar duras auditorías a todos estos centros tecnológicos, realizar más estudios económicos y de mercado y menos matemáticas puras y filosofía existencial. Porque lo que de momento necesita nuestro país es resultado económico en la innovación. Sacar el máximo partido a esas inversiones. Cuando esto se logre será más fácil convencer a más y más empresas de que innovar es bueno para ellas, es rentable.
Que apuesten por la innovación y dejen el cemento, por favor. Por una vez necesitamos un cambio de conciencia en este país. Olvidemos el pan para hoy y hambre para mañana, y constuyamos un más pan todavía para mañana mediante un modelo industrial sostenible y de calidad.
Esto no durará para siempre, claro que no, y dentro de un tiempo nos veremos en playas de hormigón comprando hasta las cucharas a China, con coches de Singapur, y metodologías estadounidenses. Hagamos de nuestro país, un lugar de futuro, YA. Y seamos serios haciéndolo. Que la gente que viene de fuera no nos califique como el país de la chapuza. No siempre vale el cuanto antes mejor. Si queremos ser competitivos debemos unificar la rápidez a la demanda, la calidad, la continuidad y el marketing.
Yo no soy economista, ni quiero serlo; tampoco soy sociólogo, y quizá fue mi vocación perdida. Pero sé algo de los derechos del ser humano, y de esta tan manida constitución española que tantos quebraderos de cabeza trae a los políticos durante ésta última época democrática. Creo que no existe ninguna duda: el derecho a la vivienda digna es de todos los españoles, y por extensión debería serlo de todo ser humano.
He leído mucho sobre el tema, supongo que como casi todos los españoles. Mi estudio incluso ha sobrepasado las fronteras y me he aventurado sobre largos y a veces densos (y soporíferos) artículos de fuentes extranjeras sobre el tema. El prestigioso diario "The Economist" ha publicado una serie de profundos artículos sobre el caso español y el irlandés, y otros, comparándolos con otros países con tendencias diversas.
Resulta difícil no perderse entre estadísticas, contradictorios análisis, hipótesis, variables y constantes, encuestas sociológicas, niveles de vida, y múltiples laberintos más. No obstante, mi conclusión es clara: puestas las cartas sobre la mesa, nadie sabe lo que ocurrirá en el futuro. Los vaticinios van desde las previsiones más negativas que preveen una explosión destructiva de una supuesta burbuja inmobiliaria hasta aquellas que adivinan mejor una moderación de los precios y un reajuste a nuestra capacidad adquisitiva durante los próximos quince años.
Sinceramente, yo no tengo ni idea de lo que pasará, pero veo una sociedad ahogada en ingentes hipotecas y préstamos. Una sociedad obsesionada con el precio de los bienes inmuebles, y lanzada con locura a la compra, aún cuando ésta suponga incurrir en préstamos impagables de por vida.
Conozco a mucha gente involucrada en el negocio inmobiliario y de la construcción, como todo el mundo en este país. El peso relativo de este sector es suficiente para que en un grupo de cuatro amigos, dos estén directamente o indirectamente metidos en el ajo: agentes inmobiliarios, prestamistas, albañiles, fontaneros, etc. Todos ellos saben más que nadie sobre el tema, evidentemente, Incluso más que los propios economistas, no en vano vivimos en un país de heruditos.
En primer lugar es obvio, para cualquiera que se haya comprado una casa, que las tasaciones no se ajustan a la realidad. Un amigo mío que trabaja para una gran inmobiliaria asegura que la mayoría de las hipotecas que logran se debe a una tasación por lo alto, lo que hace que personas que no tienen dinero para la consiguiente entrada obtengan ésta por medio del propio préstamo del banco. Este amigo mío, bastante avispado por cierto, asevera que solamente haciendo un esfuerzo para que las tasaciones fueran más ajustadas se frenaría la desmesurada demanda. Puede ser. Así se reduciría sobremanera el número de futuros hipotecados, reduciendo la demanda y llevando las cosas un poco más cerca del sentido común.
El efecto de la inmigración también es considerado por todos. Que ahora casi un 10% de nuestra población sea inmigrante ha supuesto un flujo importante de nuevas vidas que impulsan la construcción. La implicación es directa: más gente, más casas necesarias.
De todos modos, parece bastante claro que se podrían hacer un montón de cosas para paliar la situación. Mi pregunta es ¿tal vez no se desea? ¿tal vez nadie se atreve a poner estas medidas en marcha?
Primero están las viviendas de protección oficial. Viviendas que históricamente se ponen a disposición de los ciudadanos en régimen de compra. Los políticos se llenan la voca con palabras sobre el fomento de la movilidad laboral y sobre la importancia de potenciar el número de alquileres. Es verdad que la cultura española siempre ha sobrevalorado la compra frente al alquiler. Y no me extraña que esto siga siendo así, ya que según están las cosas, no merece la pena ni al más tonto tener un alquiler, cuando por el mismo pago mensual puedes tener una casa. ¿Por qué entonces vivo yo de alquiler? Tengo que razonar esto más. Un día que tenga tiempo.
Aquí radica una de las patas de esta gigante burbuja inmobiliaria, o fiesta inmobiliaria, como algunos la empiezan a denominar. Nadie se atreve realmente a potenciar el alquiler. Primer punto para fortalecerlo, parece claro, poner en el mercado viviendas en alquiler accesibles, como viviendas de protección oficial. Una estrategia que se lleva a cabo en muchos países, y que no han sabido ni copiar nuestros políticos.
Otro de los factores clave es el fuerte proteccionismo de la compra y las buenas ayudas que el estado, en forma de desgravaciones, da a los adquisidores de viviendas. Un compañero de trabajo mío, ganando bastante más dinero que yo, recibe dinero de la agencia tributaria, mientras que yo, sin tener casa, y ganando menos dinero, tengo que pagar religiosamente todos los años. No lo digo yo, el diario "The Economist" cita este motivo como principal causa del incremento de precios en España y menciona otros casos en los que la reducción de estas ayudas ha logrado frenar el crecimiento desmedido de los precios de la vivienda. Aquí tendríamos un ejemplo más de políticas que consiguen el efecto contrario al esperado. Buscan teóricamente ayudar a las familias a acceder a la vivienda y lograr que en realidad las viviendas sean más inaccesibles.
Pero las cosas siguen como siempre, y nadie se atreve a mover pieza sobre el tablero. ¿Por qué? Nadie lo dice, o todavía no lo he leído. Pero desde mi torpe inteligencia me atrevo a ver un efecto encadenado que asusta. Asusta a nuestros políticos, a nuestras empresas, a casi todos.
El sector de la construcción mueve e impulsa nuestra economía año tras año. Frenando este sector se frena la economía española, y aunque esto logre viviendas más baratas es un precio que ningún gobierno se atreve a pagar. Probablemente, de hecho, les costaría las siguientes elecciones.
Así que, que la fiesta continúe, la economía crezca hasta que esplote, y que la gente viva afixiada con sus hipotecas... es igual, esto funciona, dicen frotándose las manos. Y con ello están creando una sociedad fragementada en dos partes, que no son precisamente izquierdas y derechas como nos quieren hacer ver. Y tampoco nacionalista y no nacionalista. Se trata de la mitad que tienen bienes inmobiliarios y la otra mitad que desean acceder a ellos. Unos viven como reyes, los otros como mendigos.
Mientras tanto desvían la atención del pueblo en debates interminables sobre nacionalismos y no nacionalismos, anacrónicos debates que más que a nadie interesan a la clase política, mientras que la gente de la calle sufre atónita otros problemas mucho más importantes.
Esta dinámica en el sector de la construcción, consigue al mismo tiempo otro efecto colateral, la disminución del gasto de la familia en otros sectores. Cada vez son más y más ricos los constructores y los que se encuentran envueltos en el negocio inmobiliario desde su control, y más y más pobres los que luchan por entrar en ese círculo. A unos les sobra el dinero, lo tiran en lujosas mansiones y coches de trescientos caballos, y también en puestos y puestos de trabajo redundantes en empresas que no saben qué hacer con sus ingentes beneficios.
Otro efecto colateral, también alarmante, se desprende del estudio de una sencilla y básica ecuación económica, que muchas veces nos recuerda la UE desde Bruselas. Se puede decir que esta ecuación tiene un trasfondo incluso físico: la ley de la conservación de la energía. En la igualdad tenemos dos miembros: el de la izquierda el tamaño de nuestra economía (medida como sea: PIB, renta per cápita, yo qué se...), en el otro los recursos y la innovación. Para que la economía crezca o crecen los recursos explotados o crece la innovación, y con los mismos procesos productivos obtenemos unos mayores rendimientos.
Hartos estamos de conocernos en un país no innovador. La voz popular tilda de aburdas, en muchas ocasiones, a las empresas que ponen en marcha productos o procesos nuevos. Tenemos uno de los índices más bajos de Europa en inversión en I+D, o lo que llaman ahora, I+D+i. Sin embargo nuestra economía crece más que la media europea. ¿?. La ecuación se resuelve sencillamente: estamos consumiendo más y más recursos. Y la verdad es que no hace falta resolver ecuaciones diferenciales de segundo orden para verlo. Nuestras costas están agotadas frente al asfalto, nuestros ríos secos, ya no caben urbanizaciones ni campos de golf. Nuestros campos axfisiados, sin árboles, con ineficientes explotaciones de secano: trigo, cebada, etc. En una frase: nuestro modelo económico camina hacia la extenuación.
Pero da igual: sigamos construyendo, sigamos asfaltando, ¡tiremos del hormigón!. Es lo que da dinero, es lo que funciona. ¿Hasta cuándo? Nuestra balanza importación-exportación va cada vez a peor, y ya es difícil hasta encontrar un tirachinas fabricado en España, pero ¡España va bien!
Desde mi voz interior de izquierdas, progresista, exclamo estar bastante decepcionado con el gobierno socialista en lo que a estos temas se refiere. Han hecho poco, muy poco. El gobierno debe tomar un papel mucho más activo, mucho más agresivo para paliar una situación que nos consume. Debe de accionar políticas de inversión en innovación y controlar muchísimo más las políticas de I+D. Potenciando ese factor de la ecuación podrá y deberá tomar luego medidas para desacelerar la fiesta inmobiliaria y crear realmente una economía fuerte y sólida que se apoye no en la destrucción y el agotamiento de los recursos, sino en la innovación y el crecimiento sostenible. Así podrá, al mismo tiempo, ejecutar políticas que frenen la tendencia especulacionista sobre la política sin dañar las grandes cifras de la economía española.
Ahí está la variable que todos buscamos: en la innovación. Mediante innovación nuestra economía debe empezar a facturar nuevos objetos, bienes o servicios, y a exportarlos con éxito. Ya no somos la república bananera en la que sólo se sabe servir sangría a los extranjeros. Ahora somos un país fuerte, con gente perfectamente formada para acometer proyectos con los más altos niveles de calidad, para crear empresas que compitan en el mercado internacional con éxito. Con esta variable podemos conseguir que la economía española no dependa de quemar y quemar más suelo, sino de otros bienes o servicios de una nueva era. Tomemos el ejemplo de los países nórdicos, por ejemplo, que han sabido dinamizar sus economías quizá como nadie, manteniendo la calidad de vida de sus ciudadanos entre las más altas del mundo.
Cuando esta tarea se lleve a cabo, nuestro gobierno, del color que sea, deberá frenar especulación y destrucción, porque podrá hacerlo, sin alterar nuestra potencia económica.
¿Cómo?
Indudablemente se está haciendo un esfuerzo por impulsar la investigación y la innovación en nuestro país. Al menos se está haciendo un esfuerzo económico. Creo, sin embargo, que se están confundiendo las formas. Trabajo en el sector, y lo he visto. Las ayudas económicas se diluyen en centros de desarrollo, agencias para la investigación, y demás organismos con una vinculación en muchas veces excesiva con las universidades. Dirigidas muchas veces por acomodados profesores universitarios, que solamente buscan atraer más y más inversiones para justificar sus proyectos, pero olvidando el fin último de éstas: generar productos y servicios.
Se deben buscar otros métodos, más cercanos a la eficiencia y a la generación de resultados. Políticas activas que monitoricen, regulen y controlen el funcionamiento y la rentabilidad económica de estos proyectos. No es suficiente con bonitos informes de espectaculares proyectos que no llevan a nada. Se necesitan resultados, a mayor o menor plazo, pero resultados.
Se debe, sin duda alguna, involucrar hasta el fondo a las empresas, realizar duras auditorías a todos estos centros tecnológicos, realizar más estudios económicos y de mercado y menos matemáticas puras y filosofía existencial. Porque lo que de momento necesita nuestro país es resultado económico en la innovación. Sacar el máximo partido a esas inversiones. Cuando esto se logre será más fácil convencer a más y más empresas de que innovar es bueno para ellas, es rentable.
Que apuesten por la innovación y dejen el cemento, por favor. Por una vez necesitamos un cambio de conciencia en este país. Olvidemos el pan para hoy y hambre para mañana, y constuyamos un más pan todavía para mañana mediante un modelo industrial sostenible y de calidad.
Esto no durará para siempre, claro que no, y dentro de un tiempo nos veremos en playas de hormigón comprando hasta las cucharas a China, con coches de Singapur, y metodologías estadounidenses. Hagamos de nuestro país, un lugar de futuro, YA. Y seamos serios haciéndolo. Que la gente que viene de fuera no nos califique como el país de la chapuza. No siempre vale el cuanto antes mejor. Si queremos ser competitivos debemos unificar la rápidez a la demanda, la calidad, la continuidad y el marketing.