miércoles, abril 26, 2006
¿Tenemos algo que aprender del ejemplo de manifestación francés?
Sin duda sí. Si bien algunos han tildado este movimiento de sectario y únicamente promovido por los estudiantes de primera clase y recursos económicos holgados -es cierto que las principales universidades de origen eran de renombrado prestigio-, también es cierto que han logrado sus objetivos.
Es verdad, estos estudiantes no figuraban entre los activistas de las pasadas manifestaciones francesas, en las que se quemaban coches en busca de una mejor inserción de las juventudes y etnias minoritarias. Por lo cual no debemos idolatrar este movimiento como si se tratara de una manifestación de la mayor caladura moral posible. En cierto modo se ha tratado de un movimiento egoísta, egocéntrico y de objetivos muy definidos. Gritaban: "nosotros, los ricos, blancos y listos queremos ser excluídos de esa ley que dice que deberemos trabajar en unas condiciones que no nos garantizan unos mínimos requisitos de calidad y seguridad".
No obstante, y encuadrado donde debe, el movimiento ha sido un auténtico éxito, en lo que se refiere al único fin buscado: la derogación de tal ley. Y de todo en esta vida se puede tomar nota. En pocas ocasiones las manifestaciones en España han conseguido tan claros y espectaculares resultados. Aquí, normalmente la fiesta acaba con el recuento de participantes: unas fuentes afirman que se congregaron unas veinte personas mientras que la fuente contraria afirma que llegaron a los dos millones. Y yo me pregunto: ¿fueron ambos lados a las mismas escuelas? ¿o es que la operación aritmética de la suma se realiza de diferente modo siendo escalada por el factor P político?
En fin, coñas aparte, las consecuencias normalmente quedan ahí en nuestro país. Lo cual nos debe hacer reflexionar un poco sobre el poder de la manifestación y el de la violencia en ésta. Y no con ello quiero hacer apología de la violencia ni de los destrozos callejeros, aún bien sabiendo que ésta puede ser una lectura cruzada de mis palabras.
La pregunta es: ¿tiene sentido una manifestación en la que no se paraliza una determinada actividad económica de un país, en la que pacíficamente se exhiben unos slogans y lei motifs pero que no quiebra en cierto modo el vivir diario de una parte de la población? ¿una manifestación que transcurre sin ruido, sin erosión de unas mínimas libertades o comodidades de otros?
La respuesta podría ser algo así: tiene sentido, claro que sí, pues muestra el modo de parecer, sentir y pensar de unos manifestantes, pero lamentablemente, y ciñéndonos a los resultados: no sirve para nada.
Recuerdo por ejemplo las manifestaciones en contra de la participación española en la guerra de Irak. Las estadísticas en prácticamente todos los medios advertían que más del 90 % de los españoles era contraria a esa participación. Hubo también manifestaciones, en mi ciudad al menos tres (sin hablar de las que luego hubo tras el atentado del 11 de Marzo), sin embargo ¿qué se logró? NADA.
¿Pero y si las manifestaciones no hubiesen sido tan pacíficas? Y con esto no quiero, en ningún modo aludir al posible uso de la violencia contra otros seres humanos. Tal práctica no es justificable de ninguna de las maneras, en ninguno de los contextos. Me refiero sin embargo al uso de la fuerza para cortar calles o carreteras, cerrar oficinas, impedir el trabajo a otros, etc. Cuando un colectivo realmente quiere algo debe jugar con todas las cartas que esconde y presionar lo máximo posible.
Tal vez tendríamos que haber cortado algunas carreteras quemando algunas ruedas y colocándolas en el medio. Tal vez, se debería haber ido a la huelga, etc. En fin, esas tácticas usualmente utilizadas para realmente presionar a la clase política.
Porque los que eran dirigentes en ese momento veían las calles y calles repletas de gentes manifestándose contra la guerra y reían desde sus acristaladas oficinas, mientras que tomamaban sus lujosos coches y se iban el fin de semana a su casa en la Moraleja. Ahora bien, ¿y si estos mismos no hubiesen podido irse a la Moraleja? ¿y si no hubiesen podido seguir tranquilamente con sus vidas? ¿y si la marcha económica del país se hubiera visto amenazada por estas manifestaciones? Tal vez la clase política, encabezada en ese momento por un señor con bigote, habría empezado a reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo.
Estaba ocurriendo una total y escandalizadora ruptura de la democracia y del poder, derecho y deber del pueblo de dictar la política de su país. Ellos miraban sonriendo a los millones de manifestantes y decían: "je, je, es que no saben de política, no entienden las consecuencias de esta guerra, no lo entienden. Pobrecillos." Y con ello, como tantas veces desgraciadamente durante la historia de la humanidad ha ocurrido, una clase social (en este caso la política) se atribuía una mayor cualidad intelectual que el resto para dirigir lo que el resto tenía que hacer.
Por mi parte, en mi vida he sentido mayor frustración, mayor excitación, mayor desprecio de la clase política. Para mí ahí radica el único sentido de esta clase: representar el resto del pueblo. Para lo que sea, pero respetarlo. Sin embargo, en ese momento rieron ante la opinión del pueblo y lo despreciaron. Afortunadamente les costó las siguientes elecciones.
No me quiero, de todos modos, desviar demasiado de mi objetivo con este artículo: el uso de la fuerza en la manifestación popular. Sinceramente, creo que si se hubiera utilizado la fuerza de un modo inteligente se hubieran obtenido resultados, y el ejemplo francés me ratifica.
Ahora bien, quizá debieramos también hacernos otra pregunta: ¿nos importaba realmente tanto? Porque cuando te quitan el aire con una bolsa en la cabeza pataleas, tiras puñetazos, gritas, arañas, haces todo lo que puedes para salvar tu vida. Cuando son pisoteadas nuestras opiniones y nuestros derechos deberíamos hacer lo mismo. Cuando un trabajador ve peligrar su puesto de trabajo ejecuta manifestaciones con la mayor contundencia posible. Sin embargo, en aquella ocasión sólo nos manifestamos con velas en las manos.
Tomemos nota, como he dicho al principio, y aprendamos del ejemplo francés. La próxima vez, cuando realmente queramos algo de nuestra clase política se lo haremos saber de la manera que ellos nos pidan. Lo que arda podrán ser velas o tal vez ruedas cortando carreteras. Pero por favor: ¡escúchennos!
Es verdad, estos estudiantes no figuraban entre los activistas de las pasadas manifestaciones francesas, en las que se quemaban coches en busca de una mejor inserción de las juventudes y etnias minoritarias. Por lo cual no debemos idolatrar este movimiento como si se tratara de una manifestación de la mayor caladura moral posible. En cierto modo se ha tratado de un movimiento egoísta, egocéntrico y de objetivos muy definidos. Gritaban: "nosotros, los ricos, blancos y listos queremos ser excluídos de esa ley que dice que deberemos trabajar en unas condiciones que no nos garantizan unos mínimos requisitos de calidad y seguridad".
No obstante, y encuadrado donde debe, el movimiento ha sido un auténtico éxito, en lo que se refiere al único fin buscado: la derogación de tal ley. Y de todo en esta vida se puede tomar nota. En pocas ocasiones las manifestaciones en España han conseguido tan claros y espectaculares resultados. Aquí, normalmente la fiesta acaba con el recuento de participantes: unas fuentes afirman que se congregaron unas veinte personas mientras que la fuente contraria afirma que llegaron a los dos millones. Y yo me pregunto: ¿fueron ambos lados a las mismas escuelas? ¿o es que la operación aritmética de la suma se realiza de diferente modo siendo escalada por el factor P político?
En fin, coñas aparte, las consecuencias normalmente quedan ahí en nuestro país. Lo cual nos debe hacer reflexionar un poco sobre el poder de la manifestación y el de la violencia en ésta. Y no con ello quiero hacer apología de la violencia ni de los destrozos callejeros, aún bien sabiendo que ésta puede ser una lectura cruzada de mis palabras.
La pregunta es: ¿tiene sentido una manifestación en la que no se paraliza una determinada actividad económica de un país, en la que pacíficamente se exhiben unos slogans y lei motifs pero que no quiebra en cierto modo el vivir diario de una parte de la población? ¿una manifestación que transcurre sin ruido, sin erosión de unas mínimas libertades o comodidades de otros?
La respuesta podría ser algo así: tiene sentido, claro que sí, pues muestra el modo de parecer, sentir y pensar de unos manifestantes, pero lamentablemente, y ciñéndonos a los resultados: no sirve para nada.
Recuerdo por ejemplo las manifestaciones en contra de la participación española en la guerra de Irak. Las estadísticas en prácticamente todos los medios advertían que más del 90 % de los españoles era contraria a esa participación. Hubo también manifestaciones, en mi ciudad al menos tres (sin hablar de las que luego hubo tras el atentado del 11 de Marzo), sin embargo ¿qué se logró? NADA.
¿Pero y si las manifestaciones no hubiesen sido tan pacíficas? Y con esto no quiero, en ningún modo aludir al posible uso de la violencia contra otros seres humanos. Tal práctica no es justificable de ninguna de las maneras, en ninguno de los contextos. Me refiero sin embargo al uso de la fuerza para cortar calles o carreteras, cerrar oficinas, impedir el trabajo a otros, etc. Cuando un colectivo realmente quiere algo debe jugar con todas las cartas que esconde y presionar lo máximo posible.
Tal vez tendríamos que haber cortado algunas carreteras quemando algunas ruedas y colocándolas en el medio. Tal vez, se debería haber ido a la huelga, etc. En fin, esas tácticas usualmente utilizadas para realmente presionar a la clase política.
Porque los que eran dirigentes en ese momento veían las calles y calles repletas de gentes manifestándose contra la guerra y reían desde sus acristaladas oficinas, mientras que tomamaban sus lujosos coches y se iban el fin de semana a su casa en la Moraleja. Ahora bien, ¿y si estos mismos no hubiesen podido irse a la Moraleja? ¿y si no hubiesen podido seguir tranquilamente con sus vidas? ¿y si la marcha económica del país se hubiera visto amenazada por estas manifestaciones? Tal vez la clase política, encabezada en ese momento por un señor con bigote, habría empezado a reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo.
Estaba ocurriendo una total y escandalizadora ruptura de la democracia y del poder, derecho y deber del pueblo de dictar la política de su país. Ellos miraban sonriendo a los millones de manifestantes y decían: "je, je, es que no saben de política, no entienden las consecuencias de esta guerra, no lo entienden. Pobrecillos." Y con ello, como tantas veces desgraciadamente durante la historia de la humanidad ha ocurrido, una clase social (en este caso la política) se atribuía una mayor cualidad intelectual que el resto para dirigir lo que el resto tenía que hacer.
Por mi parte, en mi vida he sentido mayor frustración, mayor excitación, mayor desprecio de la clase política. Para mí ahí radica el único sentido de esta clase: representar el resto del pueblo. Para lo que sea, pero respetarlo. Sin embargo, en ese momento rieron ante la opinión del pueblo y lo despreciaron. Afortunadamente les costó las siguientes elecciones.
No me quiero, de todos modos, desviar demasiado de mi objetivo con este artículo: el uso de la fuerza en la manifestación popular. Sinceramente, creo que si se hubiera utilizado la fuerza de un modo inteligente se hubieran obtenido resultados, y el ejemplo francés me ratifica.
Ahora bien, quizá debieramos también hacernos otra pregunta: ¿nos importaba realmente tanto? Porque cuando te quitan el aire con una bolsa en la cabeza pataleas, tiras puñetazos, gritas, arañas, haces todo lo que puedes para salvar tu vida. Cuando son pisoteadas nuestras opiniones y nuestros derechos deberíamos hacer lo mismo. Cuando un trabajador ve peligrar su puesto de trabajo ejecuta manifestaciones con la mayor contundencia posible. Sin embargo, en aquella ocasión sólo nos manifestamos con velas en las manos.
Tomemos nota, como he dicho al principio, y aprendamos del ejemplo francés. La próxima vez, cuando realmente queramos algo de nuestra clase política se lo haremos saber de la manera que ellos nos pidan. Lo que arda podrán ser velas o tal vez ruedas cortando carreteras. Pero por favor: ¡escúchennos!
miércoles, abril 12, 2006
Mi estilo de vida y el estado
Aceptemos que el orden económico y social, la cultura a la que pertenecemos y la necesidad de procurarnos unos recursos suficientes para poder vivir, establecen nuestro estilo de vida.
Evidentemente podemos intentar bascular, hacer equilibrismos con todos estos factores para intentar acomodarlos en la medida de lo posible a nuestros deseos. Si nuestra novia no nos deja salir los sábados con nuestros amigos podemos intentar salir los viernes -que ella trabaja-. Si no ganamos lo suficiente para poder comprarnos ese ático en el centro, nos lo intentaremos comprar en Segovia...
Así es la vida. Pero lo que me preocupa no es esto, porque está claro que vivir no es andar decidiendo qué camino coger (como muchos se empeñan en hacernos ver) sino que más bien se trata de elegir aquél camino por el que nos dejan pasar. Lo que me preocupa es la intervención del estado en todo esto.
Durante mi corta experiencia profesional ya he sido testigo de cuestionables actuaciones de nuestro Estado sobre nuestros modos de vida. El Estado se fija en nuestro estado civil, en el lugar donde vivimos, en nuestros gastos y en nuestras deudas, en nuestro sueldo, en fin, en una infinidad de parámetros para decidir si concordamos con el estilo de vida promulgado o no.
En mi caso, y lamentablemente para mí, no encajo en absoluto. Cuando pido ayudas para cualquiera de mis proyectos me las deniegan, y cuando toca resolver la declaración de la renta siempre me sale a pagar. Mis compañeros me dicen: "compra una casa, no seas tonto". Y tienen razón, debo tener cara de gilipollas.
Porque mientras que a mí me toca pagar al Estado cada año unos 1000 euros, a un compañero mío le devuelven 800 cuando gana 10000 euros más al año que yo. Claro, es que él se está comprando una casa. ¡Coño! es que yo no tengo para comprarme una casa... Claro, es que él está casado... ¿y qué, si su mujer también trabaja?
Por supuesto que no sé exáctamente los parámetros y factores que rigen las ecuaciones que calculan a quién le toca pagar y a quién recibir. Lo que sé, es que mi modo de vida está penalizado por el Estado. Y me gustaría saber por qué. Por qué no puedo vivir con unos amigos y vivir de alquiler y así tener más dinero para viajar, para conocer, para emprender. Por qué en un país dónde brillamos por la falta de nuevas ideas y por nuestro estancamiento social y cultural se priman las familias "de toda la vida" y un modo de vida sendentario y vegetativo.
No lo entiendo, y ese es mi problema. Por un lado se quejan de la ausencia de movilidad laboral, de la baja tasa de creación de empresas, de la cultura de compra de viviendas, de la subida del precio de las viviendas... y por el otro, subvencionan, patrocinan y promueven todo esto.
Desde luego, si hay alguna enfermedad de la que de verdad adolecen nuestros políticos, ésa es la hipocresía.
Evidentemente podemos intentar bascular, hacer equilibrismos con todos estos factores para intentar acomodarlos en la medida de lo posible a nuestros deseos. Si nuestra novia no nos deja salir los sábados con nuestros amigos podemos intentar salir los viernes -que ella trabaja-. Si no ganamos lo suficiente para poder comprarnos ese ático en el centro, nos lo intentaremos comprar en Segovia...
Así es la vida. Pero lo que me preocupa no es esto, porque está claro que vivir no es andar decidiendo qué camino coger (como muchos se empeñan en hacernos ver) sino que más bien se trata de elegir aquél camino por el que nos dejan pasar. Lo que me preocupa es la intervención del estado en todo esto.
Durante mi corta experiencia profesional ya he sido testigo de cuestionables actuaciones de nuestro Estado sobre nuestros modos de vida. El Estado se fija en nuestro estado civil, en el lugar donde vivimos, en nuestros gastos y en nuestras deudas, en nuestro sueldo, en fin, en una infinidad de parámetros para decidir si concordamos con el estilo de vida promulgado o no.
En mi caso, y lamentablemente para mí, no encajo en absoluto. Cuando pido ayudas para cualquiera de mis proyectos me las deniegan, y cuando toca resolver la declaración de la renta siempre me sale a pagar. Mis compañeros me dicen: "compra una casa, no seas tonto". Y tienen razón, debo tener cara de gilipollas.
Porque mientras que a mí me toca pagar al Estado cada año unos 1000 euros, a un compañero mío le devuelven 800 cuando gana 10000 euros más al año que yo. Claro, es que él se está comprando una casa. ¡Coño! es que yo no tengo para comprarme una casa... Claro, es que él está casado... ¿y qué, si su mujer también trabaja?
Por supuesto que no sé exáctamente los parámetros y factores que rigen las ecuaciones que calculan a quién le toca pagar y a quién recibir. Lo que sé, es que mi modo de vida está penalizado por el Estado. Y me gustaría saber por qué. Por qué no puedo vivir con unos amigos y vivir de alquiler y así tener más dinero para viajar, para conocer, para emprender. Por qué en un país dónde brillamos por la falta de nuevas ideas y por nuestro estancamiento social y cultural se priman las familias "de toda la vida" y un modo de vida sendentario y vegetativo.
No lo entiendo, y ese es mi problema. Por un lado se quejan de la ausencia de movilidad laboral, de la baja tasa de creación de empresas, de la cultura de compra de viviendas, de la subida del precio de las viviendas... y por el otro, subvencionan, patrocinan y promueven todo esto.
Desde luego, si hay alguna enfermedad de la que de verdad adolecen nuestros políticos, ésa es la hipocresía.
lunes, abril 10, 2006
La prohibición
Qué bueno, durante muchos años de mi vida he visto los ochenta como una época sin estilo. Esos pelos horrosos y voluminosos, esos vaqueros ajustados, esas greñas. Sin embargo, desde hace algunos meses los añoro.
Todo empezó cuando ví una película irlandesa, que por cierto me gustó mucho: Café Irlandés. Si duda alguna eran unos tiempos menos mezquinos. La gente bebía y fumaba y no se tenía que esconder por ello. Al mismo tiempo estaban los que cuidaban sus cuerpos y hacían deporte. Una cosa no quita la otra.
Ahora todo está prohibido. Fumar, beber en la calle. Salir más de las dos de la mañana. Y si quieres hacerlo tienes que reducirte a espacios "asépticos". Sí, quizá nuestra era no es la de la información sino la "era aséptica". El ser humano ha dejado de sudar, de decir tonterías y de comer sangrante carne, para tomar pastillas incoloras e insaboras y comer hojas de lechuga sabor diesel.
Y se prohibe todo. Está de moda. Los que hagan carteles de prohibición se tienen que estar forrando. Quizá, y esto reconozco que es un pensamiento a la deriva, es el señor Bush, dios omnipoderoso, el que tiene una fábrica de estas señales prohibitivas y se está forrando con ello.
No se puede beber en algunos restaurantes. ¡Qué barbaridad vender cerveza en un restaurante de comida rápida! ¡Qué barbaridad poder fumar en un vagón de tren para fumadores! ¡Qué barbaridad todo ese aceite en la comida! ¡Qué salvaje éste que no se ducha dos veces al día¡, ¡con lo que suda el cuerpo!
Tal vez sea una sensación personal, lo admito, y como tal la expongo. Pero tengo una sensación de que caminamos hacia esas escenas del cine futurista de ciencia ficción donde los hombres y mujeres caminan perfectos y deshumanizados. Como en esa película de Woody Allen donde aparece una máquina llamada orgasmatrón y hombre y mujer ni siquiera se tocaban en el acto sexual. Porque hasta éste parece ahora en peligro de extinción.
Vale, estoy exagerando, lo reconozco, pero hay algo de todo ésto en nuestra sociedad. Y un recorte de las libertades, tras ello.
En mi ciudad, repleta de jardines verdes se ven señales por todos ellos: "Prohibido pisar". ¿Para qué coño queremos bonitos y mullidos céspedes donde ni siquiera podemos tumbarnos a leer?, porque uno de los mayores placeres es también echarse una buena siesta en un parque: "Prohibido dormir en el césped".
Y ese banco cercano: "Prohibido beber en este parque". No podemos beber en ese parque: ¿y agua señor agente? El señor agente nos dirá: "depende del grado de sodio. No más del dos por ciento".
O en los museos: "prohibido grabar". O en los autobuses: "prohibido comer". O en las playas: "prohibido jugar con la pelota".
Que la fiesta continúe. Prohibamos todos a la una, a las dos y a las tres.
Todo empezó cuando ví una película irlandesa, que por cierto me gustó mucho: Café Irlandés. Si duda alguna eran unos tiempos menos mezquinos. La gente bebía y fumaba y no se tenía que esconder por ello. Al mismo tiempo estaban los que cuidaban sus cuerpos y hacían deporte. Una cosa no quita la otra.
Ahora todo está prohibido. Fumar, beber en la calle. Salir más de las dos de la mañana. Y si quieres hacerlo tienes que reducirte a espacios "asépticos". Sí, quizá nuestra era no es la de la información sino la "era aséptica". El ser humano ha dejado de sudar, de decir tonterías y de comer sangrante carne, para tomar pastillas incoloras e insaboras y comer hojas de lechuga sabor diesel.
Y se prohibe todo. Está de moda. Los que hagan carteles de prohibición se tienen que estar forrando. Quizá, y esto reconozco que es un pensamiento a la deriva, es el señor Bush, dios omnipoderoso, el que tiene una fábrica de estas señales prohibitivas y se está forrando con ello.
No se puede beber en algunos restaurantes. ¡Qué barbaridad vender cerveza en un restaurante de comida rápida! ¡Qué barbaridad poder fumar en un vagón de tren para fumadores! ¡Qué barbaridad todo ese aceite en la comida! ¡Qué salvaje éste que no se ducha dos veces al día¡, ¡con lo que suda el cuerpo!
Tal vez sea una sensación personal, lo admito, y como tal la expongo. Pero tengo una sensación de que caminamos hacia esas escenas del cine futurista de ciencia ficción donde los hombres y mujeres caminan perfectos y deshumanizados. Como en esa película de Woody Allen donde aparece una máquina llamada orgasmatrón y hombre y mujer ni siquiera se tocaban en el acto sexual. Porque hasta éste parece ahora en peligro de extinción.
Vale, estoy exagerando, lo reconozco, pero hay algo de todo ésto en nuestra sociedad. Y un recorte de las libertades, tras ello.
En mi ciudad, repleta de jardines verdes se ven señales por todos ellos: "Prohibido pisar". ¿Para qué coño queremos bonitos y mullidos céspedes donde ni siquiera podemos tumbarnos a leer?, porque uno de los mayores placeres es también echarse una buena siesta en un parque: "Prohibido dormir en el césped".
Y ese banco cercano: "Prohibido beber en este parque". No podemos beber en ese parque: ¿y agua señor agente? El señor agente nos dirá: "depende del grado de sodio. No más del dos por ciento".
O en los museos: "prohibido grabar". O en los autobuses: "prohibido comer". O en las playas: "prohibido jugar con la pelota".
Que la fiesta continúe. Prohibamos todos a la una, a las dos y a las tres.
El derecho al escape
De nuevo, y en relación al botellón. Qué horrible juventud, ésta que sólo piensa en emborracharse, en llenar las calles con sus gritos alocados, sus patadas a botellas, y sus excentricidades.
Pues no, me alzo de nuevo a favor de ellos, e incluso de la embriaguez. Sin miedo, sin contemplaciones, me atrevo incluso a hacer apología del alcohol, de la droga, de la insensatez, y de sus últimas consecuencias.
Qué sería del joven, del viejo y de todos sin momentos de ebriedad, de estupidez, de descontrol. Todos necesitamos una vía de escape, unas horas o días fuera, alejados de la terrenalidad, de los problemas que nos acechan desde el lunes hasta el viernes, de las injusticias y de la dureza de la vida. Cualquiera necesita evadirse, soñar con alcanzar un momento de ingravidez, luchar por la libertad.
Muchos podrán decir: qué cobarde idea la de la lucha a través de la droga. Quizá lo es, o tal vez no. Bien es cierto, que esta lucha no debe ser la única, sino una entre muchas. Pero es también verdad, que en estados etílicos se han forjado algunas de las mejores obras artistícas de todos los tiempos. Muchos de los que hoy llamamos maestros o genios, realizaron sus inmortales creaciones drogados, atolondrados en estados de semiinconsciencia. Voto por ello.
La mente humana lucha por cruzar la línea, por hacer lo que no debe, por romper los límites del correcto, y en muchas ocasiones es lo mejor. Así se han conseguido nuevos derechos y se han derribado viejas y retrógradas convicciones. El juego es peligroso, y se debe reducir al campo. Fuera, después, todos nos abrazaremos de nuevo a la sensatez y reiremos con las tonterías realizadas.
Muchos jóvenes esperan el viernes y el sábado para tomar algunas copas, cruzar la línea y poder decir todo lo que ese otro yo escondido les susurra durante el resto de la semana. Lo susurra tan bajo que apenas lo pueden entender, y algunas gotas de "locura" lo hace más audible. Deben saber mantener sus dos, tres o mil yoes en equilibrio, y ahí está el "más difícil todavía".
Pero qué valor tiene el que no explora su misma mente, el que siempre juega con red. Me dan más miedo éstos, porque cuando no se encuentren dentro de los parámetros de lo que ellos consideran controlable no sabrán cómo reaccionar. Se debe conocer el blanco y el negro, y el gris, y también el rojo. Una vez conocidos todos podrá este joven elegir el color que más le gusta.
La mente es una prisión, o una bestia, en una prisión. Y la mente joven es la más feroz de todas las bestias. Necesita respuestas a miles de preguntas. Necesita las preguntas para miles de respuestas. Necesita gritar, vocear y romperlo todo.
El alcohol puede ser la sal y la pimienta, el rayo que enrojece las mejillas y que empuja a esa tímida chica a decirle algo a su amor, o a ese contenido muchacho a saltar y saltar con su música favorita. Después, ya en tregua disfrutaran durante otros muchos días con sus recuerdos y con esa sensación de clímax alcanzada durante los momentos de embriaguez.
La vida de fin de semana siempre ha sido el escape de la clase proletaria. Desde tiempos inmemoriales los más desafortunados económicamente, los sujetos a las más duras condiciones de vida han sido los que más han bailado al son de vino y la cerveza. Las mayores orgías y festejos siempre han ocurrido en casa de los del montón. Y así sigue siendo. Nada ha cambiado, son los otros los que quieren ahora darle la vuelta y apoderarse también de ésto.
Así que no me extraña que estudiantes, jóvenes y no tan jóvenes luchen por ello. Por poder beber, por no tener que pagar unos precios injustificadamente barbáricos por tomarse unas copas, unas cervezas y poder bailar y hablar y entregarse al dictado del fin de semana. Siempre ha sido así.
Revindico el derecho a drogarse y a escaparse. Sí. Y revindico que sea en las mejores condiciones de higiene y seguridad. ¡Je!, el otro día escuchaba a unos "sabios" en televisión diciendo que encima los jóvenes no saben recoger la basura, no tienen respeto por el espacio público, bla, bla, bla. Quizá no han estado nunca en las calles alrededor de un partido de fútbol, o después de cualquier festejo popular, lleno de mayores, mujeres, jóvenes y no tan jóvenes. Tal vez no han estado nunca en las Fallas de Valencia, o en los San Fermines. Quizá nunca han salido de casa y no han pasado por las plazas donde las "señoras" comen pipas y más pipas por las tardes tirando después todas las bolsas al suelo. O no han visto nunca a esos señores y señoras viejecitos con su perritos horribles dejándoles cagar por todos los lugares con una extraña sonrisa en sus bocas. Y los perfectos y repeinados ejecutivos con sus 4x4 que emiten kilos y kilos de dióxido de carbono. O los obreros y operarios que trabajan en la calle, dejando sus latas de cerveza, y los envoltorios de sus bocadillos en el suelo, tras el almuerzo. No, ahora los únicos que ensucian las calles son los jóvenes en el botellón. Parece que también el derecho a ensuciar es sólo de unos pocos. No quiero decir que sea necesario ensuciar, pero que quede bien claro, que los jóvenes no son un sector especialmente insensible con la suciedad en las calles. No más que cualquier otro.
Pero estamos en el siglo 21, exáctamente en el 2006, y la actitud política ante cualquier atisbo de problema y de alzamiento o agrupamiento juvenil que no es maniatado por ellos es prohibirlo. Se les podría ocurrir (agraciadamente a algunos se les ocurre) poner los medios necesarios para que esta actividad se celebre en las mejores condiciones y para que se limpien las plazas después de los botellones. Por qué he de pagar yo con mis impuestos a toda esa horda de hombres y mujeres de la limpieza para que recogan las cagadas de los perros y no pueden recoger las botellas de los jóvenes. ¿Es que el colectivo de los amantes de los animales ostenta un mayor derecho a la suciedad? O por qué se cierran calles y se movilizan los efectivos necesarios cuando pasa la vuelt ciclista por mi ciudad y no se hace cuando varios centenares de jóvenes quieren beber. ¿Es que e colectivo de los amantes al ciclismo deben tener mayores derechos que el colectivo de los amantes a la fiesta noctura?
La verdad es que no sé quién marca estos subjetivos esquemas a los que nos vemos obligados. N sé de quién es la cualidad de decidir que llenar una plaza con un millón de sillas de un restaurant es lícito, pero no con un millón de personas sentadas en el suelo. Bueno, en el fondo, lo sé. Lo dicta el dinero. Se trata de eso al fin y al cabo: el restaurante paga religiosamente su licencia. Los botelloneros no.
Por lo menos que no se hagan los suecos, que no se hagan valedores de los valores morales de la humanidad. Que lo acepten: queremos dinero de ellos, y si no lo tienen no poseen el derecho al divertimiento. Si no pagan no podrán usar las calles, si no pagan no podrán gritar por la noche.
Ahí está el fondo de todo, señores, no sean hipócritas, y ahí radica también esa lucha de los jóvenes que ustedes se jactan en tildar de estúpida y pueril. Las razones del botellón son la diversión y la camaradería, la amistad, la fiesta y la música. Pero también, un poquito más allá, la libertad. Una libertad que no debería ganarse a fuerza de talón.
Pues no, me alzo de nuevo a favor de ellos, e incluso de la embriaguez. Sin miedo, sin contemplaciones, me atrevo incluso a hacer apología del alcohol, de la droga, de la insensatez, y de sus últimas consecuencias.
Qué sería del joven, del viejo y de todos sin momentos de ebriedad, de estupidez, de descontrol. Todos necesitamos una vía de escape, unas horas o días fuera, alejados de la terrenalidad, de los problemas que nos acechan desde el lunes hasta el viernes, de las injusticias y de la dureza de la vida. Cualquiera necesita evadirse, soñar con alcanzar un momento de ingravidez, luchar por la libertad.
Muchos podrán decir: qué cobarde idea la de la lucha a través de la droga. Quizá lo es, o tal vez no. Bien es cierto, que esta lucha no debe ser la única, sino una entre muchas. Pero es también verdad, que en estados etílicos se han forjado algunas de las mejores obras artistícas de todos los tiempos. Muchos de los que hoy llamamos maestros o genios, realizaron sus inmortales creaciones drogados, atolondrados en estados de semiinconsciencia. Voto por ello.
La mente humana lucha por cruzar la línea, por hacer lo que no debe, por romper los límites del correcto, y en muchas ocasiones es lo mejor. Así se han conseguido nuevos derechos y se han derribado viejas y retrógradas convicciones. El juego es peligroso, y se debe reducir al campo. Fuera, después, todos nos abrazaremos de nuevo a la sensatez y reiremos con las tonterías realizadas.
Muchos jóvenes esperan el viernes y el sábado para tomar algunas copas, cruzar la línea y poder decir todo lo que ese otro yo escondido les susurra durante el resto de la semana. Lo susurra tan bajo que apenas lo pueden entender, y algunas gotas de "locura" lo hace más audible. Deben saber mantener sus dos, tres o mil yoes en equilibrio, y ahí está el "más difícil todavía".
Pero qué valor tiene el que no explora su misma mente, el que siempre juega con red. Me dan más miedo éstos, porque cuando no se encuentren dentro de los parámetros de lo que ellos consideran controlable no sabrán cómo reaccionar. Se debe conocer el blanco y el negro, y el gris, y también el rojo. Una vez conocidos todos podrá este joven elegir el color que más le gusta.
La mente es una prisión, o una bestia, en una prisión. Y la mente joven es la más feroz de todas las bestias. Necesita respuestas a miles de preguntas. Necesita las preguntas para miles de respuestas. Necesita gritar, vocear y romperlo todo.
El alcohol puede ser la sal y la pimienta, el rayo que enrojece las mejillas y que empuja a esa tímida chica a decirle algo a su amor, o a ese contenido muchacho a saltar y saltar con su música favorita. Después, ya en tregua disfrutaran durante otros muchos días con sus recuerdos y con esa sensación de clímax alcanzada durante los momentos de embriaguez.
La vida de fin de semana siempre ha sido el escape de la clase proletaria. Desde tiempos inmemoriales los más desafortunados económicamente, los sujetos a las más duras condiciones de vida han sido los que más han bailado al son de vino y la cerveza. Las mayores orgías y festejos siempre han ocurrido en casa de los del montón. Y así sigue siendo. Nada ha cambiado, son los otros los que quieren ahora darle la vuelta y apoderarse también de ésto.
Así que no me extraña que estudiantes, jóvenes y no tan jóvenes luchen por ello. Por poder beber, por no tener que pagar unos precios injustificadamente barbáricos por tomarse unas copas, unas cervezas y poder bailar y hablar y entregarse al dictado del fin de semana. Siempre ha sido así.
Revindico el derecho a drogarse y a escaparse. Sí. Y revindico que sea en las mejores condiciones de higiene y seguridad. ¡Je!, el otro día escuchaba a unos "sabios" en televisión diciendo que encima los jóvenes no saben recoger la basura, no tienen respeto por el espacio público, bla, bla, bla. Quizá no han estado nunca en las calles alrededor de un partido de fútbol, o después de cualquier festejo popular, lleno de mayores, mujeres, jóvenes y no tan jóvenes. Tal vez no han estado nunca en las Fallas de Valencia, o en los San Fermines. Quizá nunca han salido de casa y no han pasado por las plazas donde las "señoras" comen pipas y más pipas por las tardes tirando después todas las bolsas al suelo. O no han visto nunca a esos señores y señoras viejecitos con su perritos horribles dejándoles cagar por todos los lugares con una extraña sonrisa en sus bocas. Y los perfectos y repeinados ejecutivos con sus 4x4 que emiten kilos y kilos de dióxido de carbono. O los obreros y operarios que trabajan en la calle, dejando sus latas de cerveza, y los envoltorios de sus bocadillos en el suelo, tras el almuerzo. No, ahora los únicos que ensucian las calles son los jóvenes en el botellón. Parece que también el derecho a ensuciar es sólo de unos pocos. No quiero decir que sea necesario ensuciar, pero que quede bien claro, que los jóvenes no son un sector especialmente insensible con la suciedad en las calles. No más que cualquier otro.
Pero estamos en el siglo 21, exáctamente en el 2006, y la actitud política ante cualquier atisbo de problema y de alzamiento o agrupamiento juvenil que no es maniatado por ellos es prohibirlo. Se les podría ocurrir (agraciadamente a algunos se les ocurre) poner los medios necesarios para que esta actividad se celebre en las mejores condiciones y para que se limpien las plazas después de los botellones. Por qué he de pagar yo con mis impuestos a toda esa horda de hombres y mujeres de la limpieza para que recogan las cagadas de los perros y no pueden recoger las botellas de los jóvenes. ¿Es que el colectivo de los amantes de los animales ostenta un mayor derecho a la suciedad? O por qué se cierran calles y se movilizan los efectivos necesarios cuando pasa la vuelt ciclista por mi ciudad y no se hace cuando varios centenares de jóvenes quieren beber. ¿Es que e colectivo de los amantes al ciclismo deben tener mayores derechos que el colectivo de los amantes a la fiesta noctura?
La verdad es que no sé quién marca estos subjetivos esquemas a los que nos vemos obligados. N sé de quién es la cualidad de decidir que llenar una plaza con un millón de sillas de un restaurant es lícito, pero no con un millón de personas sentadas en el suelo. Bueno, en el fondo, lo sé. Lo dicta el dinero. Se trata de eso al fin y al cabo: el restaurante paga religiosamente su licencia. Los botelloneros no.
Por lo menos que no se hagan los suecos, que no se hagan valedores de los valores morales de la humanidad. Que lo acepten: queremos dinero de ellos, y si no lo tienen no poseen el derecho al divertimiento. Si no pagan no podrán usar las calles, si no pagan no podrán gritar por la noche.
Ahí está el fondo de todo, señores, no sean hipócritas, y ahí radica también esa lucha de los jóvenes que ustedes se jactan en tildar de estúpida y pueril. Las razones del botellón son la diversión y la camaradería, la amistad, la fiesta y la música. Pero también, un poquito más allá, la libertad. Una libertad que no debería ganarse a fuerza de talón.
miércoles, abril 05, 2006
entender el botellón
Esta mañana me ha dejado bastante confundido y aturdido leer en uno de estos periódicos gratuitos cierta apreciación digna de comentar. Y es que, si bien es cierto que la calidad de estos diarios va en línea con su precio, deberían cuidar un poquito más sus observaciones.
Al respecto del botellón unas líneas indicaban que su popularidad había caído en Valencia. No obstante, y en sucesivas líneas, advertía que sólo en la ciudad de Valencia se practicaban unas 50 multas diarias de 300 euros cada una, cada noche del fin de semana. Evidentemente la popularidad cae, y sin embargo parece que no lo suficiente acorde con las penas.
Se trata de un tema que realmente me desespera e indigna, pues no es otra cosa que una neomanifestación del fascimo y del brutal capitalismo que cada vez impera más en ciertas áreas de nuestro país. Me gustaría entender qué diferencia existe entre las personas que pagan sus consumiciones alcohólicas en una terraza de calle y los botelloneros que toman esas mismas bebidas unos pasos más allá, sentados en un banco en un parque. Evidentemente, ninguna, solamente la del hecho de haber pagado una cantidad diez veces superior.
Mientras que si pagas y sustentas el sistema de licencias, impuestos excesivos y desorbitados precios, te proclamas automáticamente capacitado legalmente para beber cuanto quieras, gritar todo lo que desees, tener niños llorando horas y horas, e incluso poder disfrutar de una música que en múchas ocasiones supera el nivel de sonoridad permitida, si te sales del sistema la cagas, y pagas, pero el pato.
Sin embargo, al comprar un litro de cerveza en el supermercado con anterioridad (¡oh dios mío, esos horribles muchachos con esas horribles litronas!), puedes ser penado, por idéntica actividad con una cantidad, nada más ni nada menos, de 300 euros. Aunque estés más calladito y muchos más moderado que tus compañeros de plaza, que unos metros más allá, han pagado por su gin cola sus seis euros.
Resulta claro que se trata de un caso de despotismo subjetivo y de pseudo-fascimo anti-litrona. ¿Acaso es mucho más horrible la litrona que el vaso de tubo?; ¿son mucho más ofensivos y enturbiadores los pelos largos que aquéllos engominados?; ¿molesta más un radiocassette a pilas que un equipo bien instalado a todo volúmen?
Algunos argumentan que no se está penando la consumición del alcohol en la calle, sino ésta bajo el criterio de ruptura del orden y la limpieza en las calles, siempre y cuando se molesta a otros. Me temo que esto no es cierto. Ni mucho menos. Podemos asistir en esta ciudad de Valencia a la imposición de multas en el aparcamiento de Mestalla, cuando los grupos de jóvenes allí presentes son pequeños y no presentan ningún perjuicio para nadie, ya que no existen edificios habitados suficientemente cercanos. Sin embargo, sí se permite la avalancha de miles y miles de aficionados al fútbol que son sus bocinas, sus petardos, sus bengalas y sus también miles y miles de coches abarrotan y arrasan esa parte de la ciudad cada diez días. En este caso también parece que es mucho más bonito una bocina de fútbol que una voz un poco alta de un joven bebiendo en la calle.
Yo no sé mucho de derecho, ni tengo intención de saberlo nunca, pero sin duda esto me parece una discriminación de ciertos modos de vida, ante igualdad en el respeto de los derechos de los demás. Más bien incluso, diría que los futboleros atentan mucho más al derecho a la tranquilidad y el sueño, y la limpieza y el orden que los veinte botelloneros que hay allí jueves, viernes y sábado. ¡Ah! pero el fútbol es el fútbol. Ok, yo no lo replico, y no pido que les sancionen también a ellos, sino que liberen la opresión sobre los que sí que la sufren.
Con relación con esto del fútbol, me viene a la cabeza una anécdota que me contó un amigo hace no muchos días. Mi amigo no podía mover el coche porque había un coche en doble fila debido al partido de fútbol. Va mi amigo y llama a la policía y le dicen "que es que hay partido". Qué bien, si hay partido uno puede hacer lo que quiera y es mi amigo, que tiene correctamente aparcado el coche el que tiene que esperar durante casi dos horas a que el partidito termine. Pero esto sí que respeta el orden público y la libertad de los demás. ¡Ja!
En fin, que seguimos como siempre, como siempre desde hace cientos de años, el vil metal lo paga todo. Nada de democracia, de igualdades, de respeto a los demás. Eso no son más que cuentos. Lo que prima es el capital. Si lo pagas, puedes hacer lo que quieras. Si es una actividad que cuenta con el beneplácito de las autoridades, aunque sea de lo más molesta e intransigente con los demás (como esperar dos horas con tu coche bien aparcado a que el otro se digne a dejarte ir a casa).
Con todos estos argumentos, y desafiando a lo que muchos contrarios al botellón y autoridades dicen, yo también abogo por el botellón. Ellos desprecian este movimiento, atribuyendo a los jóvenes españoles sólo frívolos intereses como el emborrachamiento y la fiesta. Sin embargo, en esta actividad como en tantas otras uno ejerce su derecho a la libertad. A la libertad de hacer con su tiempo lo que quiera, dentro de los límites de la legalidad. Y esta legalidad debería velar por los derechos de todos, y ningunos deberían ser sobrevalorados por encima de los otros. Este principio, está claro, está siendo sistemáticamente violado. Los derechos a la diversión de unos priman sobre los otros.
Por supuesto no me quiero ya meter en campos de golf... etc; cuyo desarrollo pone en peligro nuestro ecosistema y la continuidad del desarrollo de nuestra región. En fin, esta es otra historia.
Al respecto del botellón unas líneas indicaban que su popularidad había caído en Valencia. No obstante, y en sucesivas líneas, advertía que sólo en la ciudad de Valencia se practicaban unas 50 multas diarias de 300 euros cada una, cada noche del fin de semana. Evidentemente la popularidad cae, y sin embargo parece que no lo suficiente acorde con las penas.
Se trata de un tema que realmente me desespera e indigna, pues no es otra cosa que una neomanifestación del fascimo y del brutal capitalismo que cada vez impera más en ciertas áreas de nuestro país. Me gustaría entender qué diferencia existe entre las personas que pagan sus consumiciones alcohólicas en una terraza de calle y los botelloneros que toman esas mismas bebidas unos pasos más allá, sentados en un banco en un parque. Evidentemente, ninguna, solamente la del hecho de haber pagado una cantidad diez veces superior.
Mientras que si pagas y sustentas el sistema de licencias, impuestos excesivos y desorbitados precios, te proclamas automáticamente capacitado legalmente para beber cuanto quieras, gritar todo lo que desees, tener niños llorando horas y horas, e incluso poder disfrutar de una música que en múchas ocasiones supera el nivel de sonoridad permitida, si te sales del sistema la cagas, y pagas, pero el pato.
Sin embargo, al comprar un litro de cerveza en el supermercado con anterioridad (¡oh dios mío, esos horribles muchachos con esas horribles litronas!), puedes ser penado, por idéntica actividad con una cantidad, nada más ni nada menos, de 300 euros. Aunque estés más calladito y muchos más moderado que tus compañeros de plaza, que unos metros más allá, han pagado por su gin cola sus seis euros.
Resulta claro que se trata de un caso de despotismo subjetivo y de pseudo-fascimo anti-litrona. ¿Acaso es mucho más horrible la litrona que el vaso de tubo?; ¿son mucho más ofensivos y enturbiadores los pelos largos que aquéllos engominados?; ¿molesta más un radiocassette a pilas que un equipo bien instalado a todo volúmen?
Algunos argumentan que no se está penando la consumición del alcohol en la calle, sino ésta bajo el criterio de ruptura del orden y la limpieza en las calles, siempre y cuando se molesta a otros. Me temo que esto no es cierto. Ni mucho menos. Podemos asistir en esta ciudad de Valencia a la imposición de multas en el aparcamiento de Mestalla, cuando los grupos de jóvenes allí presentes son pequeños y no presentan ningún perjuicio para nadie, ya que no existen edificios habitados suficientemente cercanos. Sin embargo, sí se permite la avalancha de miles y miles de aficionados al fútbol que son sus bocinas, sus petardos, sus bengalas y sus también miles y miles de coches abarrotan y arrasan esa parte de la ciudad cada diez días. En este caso también parece que es mucho más bonito una bocina de fútbol que una voz un poco alta de un joven bebiendo en la calle.
Yo no sé mucho de derecho, ni tengo intención de saberlo nunca, pero sin duda esto me parece una discriminación de ciertos modos de vida, ante igualdad en el respeto de los derechos de los demás. Más bien incluso, diría que los futboleros atentan mucho más al derecho a la tranquilidad y el sueño, y la limpieza y el orden que los veinte botelloneros que hay allí jueves, viernes y sábado. ¡Ah! pero el fútbol es el fútbol. Ok, yo no lo replico, y no pido que les sancionen también a ellos, sino que liberen la opresión sobre los que sí que la sufren.
Con relación con esto del fútbol, me viene a la cabeza una anécdota que me contó un amigo hace no muchos días. Mi amigo no podía mover el coche porque había un coche en doble fila debido al partido de fútbol. Va mi amigo y llama a la policía y le dicen "que es que hay partido". Qué bien, si hay partido uno puede hacer lo que quiera y es mi amigo, que tiene correctamente aparcado el coche el que tiene que esperar durante casi dos horas a que el partidito termine. Pero esto sí que respeta el orden público y la libertad de los demás. ¡Ja!
En fin, que seguimos como siempre, como siempre desde hace cientos de años, el vil metal lo paga todo. Nada de democracia, de igualdades, de respeto a los demás. Eso no son más que cuentos. Lo que prima es el capital. Si lo pagas, puedes hacer lo que quieras. Si es una actividad que cuenta con el beneplácito de las autoridades, aunque sea de lo más molesta e intransigente con los demás (como esperar dos horas con tu coche bien aparcado a que el otro se digne a dejarte ir a casa).
Con todos estos argumentos, y desafiando a lo que muchos contrarios al botellón y autoridades dicen, yo también abogo por el botellón. Ellos desprecian este movimiento, atribuyendo a los jóvenes españoles sólo frívolos intereses como el emborrachamiento y la fiesta. Sin embargo, en esta actividad como en tantas otras uno ejerce su derecho a la libertad. A la libertad de hacer con su tiempo lo que quiera, dentro de los límites de la legalidad. Y esta legalidad debería velar por los derechos de todos, y ningunos deberían ser sobrevalorados por encima de los otros. Este principio, está claro, está siendo sistemáticamente violado. Los derechos a la diversión de unos priman sobre los otros.
Por supuesto no me quiero ya meter en campos de golf... etc; cuyo desarrollo pone en peligro nuestro ecosistema y la continuidad del desarrollo de nuestra región. En fin, esta es otra historia.